CIUDAD DEL VATICANO, 21 febrero 2003 ( ZENIT.org ).- Este viernes, la Sala de Prensa de la Santa Sede presentó
el mensaje de Juan Pablo II con ocasión de la 77ª Jornada
Misionera Mundial
(DOMUND).
Su celebración --el domingo 19 de octubre próximo--
coincidirá con el 25º aniversario del Pontificado
del Santo Padre, con la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta
y con la clausura del Año del Rosario
Publicamos a continuación
el texto íntegro del mensaje del Papa.
MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA JORNADA MISIONERA MUNDIAL 2003
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Desde el inicio, quise poner mi pontificado bajo el signo de
la especial protección de María. En diversas ocasiones he
invitado a toda la comunidad de los creyentes a revivir la experiencia
del Cenáculo, donde los discípulos «perseveraban en
la oración, con un mismo espíritu, en compañía
de (...) María, la madre de Jesús» (Hch 1, 14). Ya
en mi primera Encíclica, Redemptor hominis, escribí que
sólo en un clima de oración ferviente es posible «recibir
al Espíritu Santo, que desciende sobre nosotros, y convertirnos
de este modo en testigos de Cristo hasta los últimos confines de
la tierra, como los que salieron del Cenáculo de Jerusalén
el día de Pentecostés» (n. 22).
La Iglesia toma cada vez mayor conciencia de que es «madre»
como María. Ella es «la cuna -afirmé en la bula Incarnationis
mysterium, con ocasión del Gran Jubileo del año 2000-
en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración
y contemplación de todos los pueblos» (n. 11).
Por este camino espiritual y misionero desea proseguir, acompañada
siempre por la Virgen santísima, Estrella de la nueva evangelización,
aurora luminosa y guía segura de nuestro caminar (cf. Novo millennio
ineunte, 58).
María y la misión de la Iglesia en el Año
del Rosario
2. En octubre del año pasado, al entrar en el vigésimo
quinto año de mi ministerio petrino, como prolongación
ideal del Año jubilar, convoqué un Año especial
dedicado al redescubrimiento de la oración del Rosario, tan querida
en la tradición cristiana; un año que se debe vivir bajo
la mirada de María, la cual, según el misterioso designio
divino, con su «sí» hizo posible la salvación
de la humanidad y desde el cielo sigue protegiendo a los que acuden a ella
especialmente en los momentos difíciles de la existencia.
Es mi deseo que el Año del Rosario constituya para los creyentes
de todos los continentes una ocasión propicia para profundizar
en el sentido de la vocación cristiana. En la escuela de la Virgen
y siguiendo su ejemplo, toda comunidad podrá cultivar mejor su dimensión
«contemplativa» y «misionera».
La Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra precisamente
al final de este particular Año mariano, si se prepara bien, podrá
dar un impulso más generoso a este compromiso de la comunidad eclesial.
El recurso confiado a María con el rezo diario del Rosario y la
meditación de los misterios de la vida de Cristo pondrán
de relieve que la misión de la Iglesia se debe sostener, ante todo,
con la oración. La actitud de «escucha», que sugiere
la plegaria del rosario, acerca a los fieles a María, la cual «conservaba
estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19).
La recurrente meditación de la palabra de Dios es un entrenamiento
para vivir «en comunión vital con Jesús a través
-podríamos decir- del corazón de su Madre» (Rosarium
Virginis Mariae, 2).
Iglesia más contemplativa: el Rostro de Jesús
contemplado
3. Cum Maria contemplemur Christi vultum! Me vuelven a menudo a
la mente estas palabras: contemplar el «rostro» de Cristo con
María. Cuando hablamos del rostro de Cristo nos referimos a sus
rasgos humanos, en los que resplandece la gloria eterna del Hijo unigénito
del Padre (cf. Jn 1, 14): «La gloria de la divinidad resplandece
en el rostro de Cristo» (ib., 21).
Contemplar el rostro de Cristo lleva a un conocimiento profundo
y comprometedor de su misterio. Contemplar a Jesús con los ojos
de la fe impulsa a penetrar en el misterio de Dios-Trinidad. Dice Jesús:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,
9). Con el Rosario nos encaminamos por este itinerario místico «en
compañía y a ejemplo de su santísima Madre»
(Rosarium Virginis Mariae, 3). Más aún, María misma
se convierte en nuestra maestra y guía. Bajo la acción del
Espíritu Santo, nos ayuda a adquirir la «tranquila audacia»
que capacita para transmitir a los demás la experiencia de Jesús
y la esperanza que sostiene a los creyentes (cf. Redemptoris missio, 24).
¡Contemplemos siempre a María, modelo insuperable!
En su espíritu todas las palabras del Evangelio encuentran un eco
extraordinario. María es la «memoria» contemplativa
de la Iglesia, que vive con el deseo de unirse más profundamente
a su Esposo para influir aún más en nuestra sociedad. ¿Cómo
reaccionar ante los grandes problemas, ante el dolor inocente y ante las
injusticias perpetradas con arrogante insolencia? Siguiendo dócilmente
el ejemplo de María, que es nuestra Madre, los creyentes aprenden
a reconocer en el aparente «silencio de Dios» la Palabra que
resuena en el silencio por nuestra salvación.
Iglesia más santa: el Rostro de Cristo imitado y amado
4. Todos los creyentes están llamados, por el bautismo,
a la santidad. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática
Lumen gentium, subraya que la vocación universal a la santidad
consiste en la llamada de todos a la perfección de la caridad.
Santidad y misión son aspectos inseparables de la vocación
de todo bautizado. El esfuerzo por llegar a ser más santos está
estrechamente vinculado al de difundir el mensaje de la salvación.
«Todo fiel -recordé en la Redemptoris missio- está
llamado a la santidad y a la misión» (n. 90).
Contemplando los misterios del Rosario, el creyente se siente impulsado
a seguir a Cristo y a compartir su vida hasta poder decir con san Pablo:
«Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»
(Gal 2, 20).
Si todos los misterios del Rosario constituyen una significativa
escuela de santidad y de evangelización, los misterios de luz
ponen de relieve aspectos singulares de nuestro «seguimiento»
evangélico. El Bautismo de Jesús en el Jordán recuerda
que todo bautizado es elegido para llegar a ser en Cristo «hijo
en el Hijo» (Ef. 1, 5; cf. Gaudium et spes, 22). En las bodas de
Caná, María invita a la escucha obediente de la palabra
del Señor: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,
5). El anuncio del Reino y la invitación a la conversión
son una clara consigna para todos a emprender el camino de la santidad.
En la Transfiguración de Jesús, el bautizado experimenta
la alegría que le espera. Al meditar en la institución de
la Eucaristía, vuelve repetidamente al Cenáculo, donde el
Maestro divino dejó a sus discípulos el tesoro más
precioso: él mismo en el Sacramento del altar.
Las palabras que la Virgen pronuncia en Caná constituyen,
en cierto modo, el fondo mariano de todos los misterios de luz. En efecto,
el anuncio del Reino que se acerca, la llamada a la conversión
y a la misericordia, la Transfiguración en el Tabor y la institución
de la Eucaristía, encuentran en el corazón de María
un eco singular. María mantiene sus ojos fijos en Cristo, conserva
como un tesoro cada una de sus palabras y nos indica a todos cómo
ser auténticos discípulos de su Hijo.
Iglesia más misionera: el Rostro de Cristo anunciado
5. En ninguna época la Iglesia ha tenido tantas posibilidades
de anunciar a Jesús como hoy, gracias al desarrollo de los medios
de comunicación social. Precisamente por esto, la Iglesia
está llamada a reflejar el Rostro de su Esposo con una santidad
más resplandeciente. En este esfuerzo, nada fácil, sabe que
la sostiene María. De ella «aprende» a ser «virgen»,
totalmente dedicada a su Esposo, Jesucristo, y «madre» de muchos
hijos que engendra para la vida inmortal.
Bajo la mirada vigilante de la Madre, la comunidad eclesial crece
como una familia renovada por la fuerte efusión del Espíritu
y, dispuesta a aceptar los desafíos de la nueva evangelización,
contempla el rostro misericordioso de Jesús en los hermanos, especialmente
en los pobres y necesitados, en los alejados de la fe y del Evangelio.
En particular, la Iglesia no teme proclamar ante el mundo que Cristo es
«el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6); no teme anunciar
con alegría que la «buena noticia tiene su centro o, mejor
dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne,
único Salvador del mundo» (Rosarium Virginis Mariae, 20).
Urge preparar evangelizadores competentes y santos; es necesario
que no decaiga el fervor en los apóstoles, especialmente para
la misión «ad gentes». El Rosario, si se redescubre
y valora plenamente, presta una ayuda espiritual y pedagógica ordinaria
y fecunda para formar al pueblo de Dios a trabajar en el vasto campo de
la acción apostólica.
Una valiosa consigna
6. La tarea de la animación misionera debe seguir siendo
un compromiso serio y coherente de todo bautizado y de toda comunidad eclesial.
Una función más específica y peculiar compete, ciertamente,
a las Obras Misionales Pontificias, a las que expreso mi gratitud por
todo lo que generosamente están llevando a cabo.
A todos quisiera sugerir que intensifiquen el rezo del santo Rosario,
de forma individual y comunitaria, para obtener del Señor las gracias
que la Iglesia y la humanidad más necesitan. Mi invitación
se dirige a todos: niños y adultos, jóvenes y ancianos, familias,
parroquias y comunidades religiosas.
Entre las numerosas intenciones, no quisiera olvidar la de la paz.
La guerra y la injusticia tienen su origen en el corazón «dividido».
«Quien interioriza el misterio de Cristo —y el Rosario tiende
precisamente a eso— aprende el secreto de la paz y hace de él
un proyecto de vida» (Rosarium Virginis Mariae , 40). Si
el Rosario marca el ritmo de nuestra existencia, podrá transformarse
en instrumento privilegiado para construir la paz en el corazón
de los hombres, en las familias y entre los pueblos. Con María podemos
obtenerlo todo de su Hijo Jesús. Sostenidos por María, no
dudaremos en dedicarnos con generosidad a la difusión del anuncio
evangélico hasta los confines de la tierra.
Con estos sentimientos, os bendigo a todos de corazón.
Vaticano, 12 de Enero de 2003, Fiesta del Bautismo del Señor.
IOANNES PAULUS II
[Traducción distribuida por la Sala de Prensa de
la Santa Sede] ZS03022108
Las puertas de entrada
del mundo se estrechan
El aumento de los inmigrantes y de quienes buscan asilo dispara
las tensiones nacionales
LONDRES, 22 febrero 2003 ( ZENIT.org ).- «Fronteras
fuera de Control» es el impactante
título de un ensayo del profesor de la Universidad de Columbia
Jagdish Bhagwati en la entrega de enero-febrero de la revista Foreign
Affairs. Bhagwati pone su atención en los recientes conflictos
ocurridos en Gran Bretaña, Australia y Estados Unidos debidos
al aumento del flujo de inmigrantes ilegales ...
El primer ministro Tony Blair incluso amenazó con
no cumplir con las obligaciones con la Unión Europea prohibiendo
que se acepten refugiados si el número de buscadores de asilo
no se reduce, informaba el 27 de enero Independent.
Y el arzobispo anglicano de Canterbury, Rowan Williams,
apoyó la idea de que quienes soliciten asilo deberían ser
tenidos «en un acomodo seguro» hasta que sus
peticiones se analicen, observaba el Sunday Times el 2 de febrero.
Mientras tanto, en Estados Unidos, reglamentaciones más
estrictas sobre la aceptación de refugiados están creando
problemas a las iglesias y las organizaciones asistenciales que se ocupan
de estas personas, informaba el 10 de febrero el Wall Street Journal...
El peso de las Iglesias
Una nota de prensa del 4 de diciembre de la Iglesia católica
en Australia dio la bienvenida a las medidas tendentes a dejar libres
a los niños de los centros de asilo donde están detenidos
los solicitantes. El obispo de Port Pirie, Eugene Hurley, cuya diócesis
del sur de Australia alberga dos de los centros, afirmó que elogiaba
la decisión del gobierno de sacar a los niños no acompañados
del ambiente de alta seguridad de la detención.
El 29 de noviembre los obispos publicaron una declaración
expresando su preocupación por el encarcelamiento de niños
en los centros de detención. También observaron
que algunos detenidos sufrían un deterioro de su salud mental y
física como resultado de estar detenidos durante periodos prolongados.
Los obispos pidieron que se les quitara el régimen de detención
a las personas con enfermedades psicológicas y se encomendaran al
cuidado de organizaciones comunitarias.
La Iglesia también se ha expresado sobre la situación
en Gran Bretaña. El obispo Patrick O’Donoghue, responsable
de la oficina para los refugiados de los obispos, hizo pública una
declaración el 30 de enero: «Cómo responde un país
a aquellos que se vuelven a él en busca de un santuario
dice mucho sobre su historia, sus valores y su gente», afirmaba el
obispo. Es alarmante, observaba, que en Gran Bretaña la actitud
hacia quienes solicitan asilo «se esté inclinando cada vez
más a una línea más dura, impulsada por ataques implacables
contra quienes solicitan asilo desde secciones de los medios ».
El 22 de enero los obispos de Estados Unidos y México
publicaban conjuntamente una carta pastoral sobre emigración.
La carta cita datos que muestran que cada año de 150.000 a 200.000
mexicanos entran en Estados Unidos como residentes permanentes legales –
cerca del 20% de total de esta categoría. Los obispos reconocen las
ventajas que provienen de la emigración, al igual que las
injusticias sufridas por los emigrantes debida a una respuesta inadecuada
a sus necesidades.
La carta reconoce la necesidad de encontrar un equilibrio entre
los derechos que están en
conflicto en la cuestión de la emigración.
«Cuando las personas no pueden encontrar empleo en sus países
de origen para sostener a sí mismas y a sus familias, tienen derecho
a encontrar trabajo en otros lugares para sobrevivir», establece
el documento.
Al mismo tiempo, «La Iglesia reconoce el derecho de un
estado soberano a controlar sus fronteras para salvaguardar el bien
común». Los obispos insisten, sin embargo, en que las fronteras
no se deben cerrar sólo para proteger los intereses económicos
de un país. También afirman que las naciones más
ricas tienen una obligación mayor de acoger a los emigrantes.
La carta sostiene que se debería permitir a los refugiados
y a quienes solicitan asilo «demandar el estatus de refugiado
sin encarcelarlos y a que sus solicitudes sean consideradas plenamente
por la autoridad competente». Además, los obispos piden que
los emigrantes indocumentados sean tratados con respeto.
Juan Pablo II, en su mensaje para el Día Mundial de los
Emigrantes y Refugiados del año 2003, publicado el pasado 24
de octubre, afirmaba: «El ser miembro de la comunidad católica
no viene determinado por la nacionalidad, o por el origen social o étnico,
sino esencialmente por la fe en Jesucristo y el bautismo en el nombre de
la Trinidad Santa».
El Papa invitaba a los católicos «a sobresalir en
el espíritu de solidaridad hacia los recién llegados
entre ellos». Al mismo tiempo, invitaba a los inmigrantes «a
reconocer el deber de honrar los países que los reciben y de respetar
las leyes, culturas y tradiciones de los pueblos que les han dado la bienvenida».
Observaba: «Sólo así prevalecerá la armonía
social».
El mensaje reconoce que esta solidaridad al aceptar a los inmigrantes
no es fácil, e implica superar muchas presiones sociales. El Papa
invitaba a los padres y profesores a ayudar en la lucha contra el racismo
y la xenofobia «inculcando actitudes positivas basadas en la
doctrina social católica». Una tarea necesaria en la
era post-11 de septiembre.
ZSI03022203