Música en el alma    Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Misionera Mundial 2004
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 29 abril 2004 (ZENIT.org).- Este jueves, la Sala de Prensa de la Santa Sede presentó el mensaje de Juan Pablo II sobre el tema «Eucaristía y Misión» con ocasión de la 78ª Jornada Misionera Mundial (DOMUND), cuya celebración será el domingo 24 de octubre próximo.
Publicamos a continuación el texto íntegro del mensaje del Papa.
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MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA JORNADA MISIONERA MUNDIAL 2004

Queridos Hermanos y Hermanas:

1. El compromiso misionero de la Iglesia constituye, también en este comienzo del tercer milenio, una urgencia que en varias ocasiones he querido recordar. La misión, como he recordado en la Encíclica Redemptoris Missio, está aún lejos de cumplirse y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (cfr. n.1). Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en la historia, está llamado a compartir la "sed" del Redentor (cfr Jn 19, 28). Los santos han advertido siempre con mucha fuerza esta sed de almas que hay que salvar: baste pensar, por ejemplo, a santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, y a monseñor Comboni, gran apóstol de África, que he tenido la alegría de elevar recientemente al honor de los altares.

Los desafíos sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en estos tiempos nuestros motiva a los creyentes a renovarse en el fervor misionero. ¡Sí! Es necesario promover con valentía la misión "ad gentes", partiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada criatura humana. El Congreso Eucarístico internacional, que será celebrado en Guadalajara, en México, el próximo mes de octubre, mes misionero, será una ocasión extraordinaria para esta unánime toma de conciencia misionera alrededor de la Mesa del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Reunida alrededor del altar, la Iglesia comprende mejor su origen y su mandato misionero. "Eucaristía y Misión", como bien subraya el tema de la Jornada Misionera Mundial de este año, forman un binomio inseparable. A la reflexión sobre los lazos que existen entre el misterio eucarístico y el misterio de la Iglesia, se une este año una elocuente referencia a la Virgen Santa, gracias a la celebración del 150 aniversario de la definición de la Inmaculada Concepción (1854-2004). Contemplamos la Eucaristía con los ojos de María. Contando con la intercesión de la Virgen, la Iglesia ofrece a Cristo, pan de la salvación, a todas las gentes, para que le reconozcan y le acojan como único salvador.

2. Volviendo idealmente al Cenáculo, el año pasado, precisamente el Jueves Santo, he firmado la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, de la que quisiera tomar algunos pasajes que nos pueden ayudar, queridos Hermanos y Hermanas, a vivir con espíritu eucarístico la próxima Jornada Misionera Mundial.

«La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía» (n. 26): así escribía observando cómo la misión de la Iglesia se encuentra en continuidad con la de Cristo (Cfr Jn 20, 21), y obtiene fuerza espiritual de la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Fin de la Eucaristía es precisamente «la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo» (Ecclesia de Eucharistia, 22). Cuando se participa en el Sacrificio Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia, cuyo programa «se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (Ibíd., 60).

Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios: una, santa católica y apostólica. Al mismo tiempo, comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Ciertamente «no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía» (Ibíd.., 33; cfr Presbyterorum Ordinis, 6). Al término de cada santa Misa, cuando el celebrante despide la asamblea con las palabras "Ite, misa est", todos deben sentirse enviados como "misioneros de la Eucaristía" a difundir en todos los ambientes el gran don recibido. De hecho, quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor.

3. Para vivir de la Eucaristía es necesario, además, demorarse largo tiempo en oración ante el Santísimo Sacramento, experiencia que yo mismo hago cada día encontrando en ello fuerza, consuelo y apoyo (cfr Ecclesia de Eucharistia, 25). La Eucaristía, subraya el Concilio Vaticano II, «es fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11), «fuente y culminación de toda la predicación evangélica» (Presbyterorum Ordinis, 5).

El pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, transformados por la fuerza del Espíritu Santo en el cuerpo y sangre de Cristo, son la prueba de "un nuevo cielo y una nueva tierra" (Ap 21, 1), que la Iglesia anuncia en su misión cotidiana. En Cristo, que adoramos presente en el misterio eucarístico, el Padre ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y sobre su historia.

¿Podría realizar la Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante relación con la Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin posarse sobre este apoyo indispensable para su acción misionera? Para evangelizar el mundo son necesarios apóstoles "expertos" en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía.

4. En la Eucaristía volvemos a vivir el misterio de la Redención culminante en el sacrificio del Señor, como lo señalan las palabras de la consagración: "mi cuerpo que es entregado por vosotros... mi sangre, que es derramada por vosotros" (Lc 22, 19-20). Cristo ha muerto por todos; el don de la salvación es para todos, don que la Eucaristía hace presente sacramentalmente a lo largo de la historia: "haced esto en recuerdo mío" (Lc 22, 19). Este mandato está confiado a los ministros ordenados mediante el sacramento del Orden. A este banquete y sacrificio están invitados todos los hombres, para poder, así, participar de la misma vida de Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 56-57). Alimentados de Él, los creyentes comprenden que la tarea misionera consiste en el ser "una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm 15, 16), para formar cada vez más "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32) y ser así testigos de su amor hasta los extremos confines de la tierra.

La Iglesia, Pueblo de Dios en camino a lo largo de los siglos, renovando cada día el sacrificio del altar, espera la vuelta gloriosa de Cristo. Es cuanto proclama, después de la consagración, la asamblea eucarística reunida alrededor del altar. Con fe cada vez renovada, confirma el deseo del encuentro final con Aquél que vendrá a llevar a cumplimiento su designio de salvación universal.

El Espíritu Santo, con su acción invisible, pero eficaz, conduce al pueblo cristiano en este su diario camino espiritual, que conoce inevitables momentos de dificultad y experimenta el misterio de la Cruz. La Eucaristía es el consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y el pecado; es el "pan de vida" que sostiene a todos cuantos, a su vez, se hacen "pan partido" para los hermanos, pagando a veces incluso con el martirio su fidelidad al Evangelio.

5. Se conmemora este año, como he recordado, el 150 aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. María fue "redimida" de modo eminente en previsión de los méritos de su Hijo" (Lumen gentium, 53). Consideraba en la Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia: «Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor» (n. 62).

María, «el primer tabernáculo de la historia» (Ibíd., 55), nos muestra y nos ofrece a Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida (cfr Jn 14, 6). «Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 57).

Es mi deseo que la feliz coincidencia del Congreso Internacional Eucarístico con el 150 aniversario de la definición de la Inmaculada ofrezca a los fieles, a las parroquias y a los Institutos misioneros la oportunidad de afianzarse en el ardor misionero, para que se mantenga viva en cada comunidad «una verdadera hambre de la Eucaristía» (Ibíd., n. 33). La ocasión es igualmente propicia para recordar la contribución que las beneméritas Obras Misionales Pontificias ofrecen a la acción apostólica de la Iglesia. Éstas cuentan con todo mi aprecio y les doy las gracias, en nombre de todos, por el precioso servicio que ofrecen a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Invito a apoyarlas espiritual y materialmente, para que también gracias a su aportación el anuncio evangélico pueda llegar a todos los pueblos de la tierra.

Con tales sentimientos, invocando la materna intercesión de María, "Mujer eucarística", os bendigo de corazón a todos.
En el Vaticano, 19 de abril de 2004
IOANNES PAULUS II
[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede]  ZS04042907

                                                                                         Directos a Dios

        Juan Pablo II ofrece a Dios todos los frutos de su Pontificado
A ti, Señor Jesucristo,
Único Pastor de la Iglesia,
ofrezco los frutos de estos
25 años de ministerio
al servicio del pueblo que me has confiado.
Perdona el mal realizado y multiplica el bien:
Todo es obra tuya y sólo a Ti se debe la gloria.
Con plena confianza en tu misericordia,
Te vuelvo a presentar nuevamente hoy a aquellos que años atrás
has confiado a mis cuidados pastorales.
Consérvalos en el amor, reúnelos en tu rebaño,
toma sobre tus espaldas a los débiles,
cura a los heridos, cuida a los fuertes.
Que Tú seas su Pastor, para que no se dispersen.
Protege a la querida Iglesia que está en Roma
y las Iglesias del mundo entero.
Inunda con la luz y la potencia de tu Espíritu
a cuantos has puesto a la cabeza de tu grey:
que cumplan con arrojo su misión
de guías, maestros y santificadores,

en la espera de tu retorno glorioso.
Te renuevo, por las manos de María, Madre amada,
el don de mí mismo, del presente y del futuro:
que todo se cumpla según tu voluntad.
Pastor Supremo, quédate en medio de nosotros,
para que podamos contigo avanzar seguros,
hacia la casa del Padre. ¡Amén!

                                                                                         Directos a Dios

                                                                               
CIUDAD DEL VATICANO, 21 febrero 2003 ( ZENIT.org ).- Este viernes, la Sala de Prensa de la Santa Sede presentó el mensaje de Juan Pablo II con ocasión de la 77ª Jornada Misionera Mundial (DOMUND).
Su celebración --el domingo 19 de octubre próximo-- coincidirá con el 25º aniversario del Pontificado del Santo Padre, con la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta y con la clausura del Año del Rosario
Publicamos a continuación el texto íntegro del mensaje del Papa.

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA JORNADA MISIONERA MUNDIAL 2003

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Desde el inicio, quise poner mi pontificado bajo el signo de la especial protección de María. En diversas ocasiones he invitado a toda la comunidad de los creyentes a revivir la experiencia del Cenáculo, donde los discípulos «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de (...) María, la madre de Jesús» (Hch 1, 14). Ya en mi primera Encíclica, Redemptor hominis, escribí que sólo en un clima de oración ferviente es posible «recibir al Espíritu Santo, que desciende sobre nosotros, y convertirnos de este modo en testigos de Cristo hasta los últimos confines de la tierra, como los que salieron del Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés» (n. 22).
La Iglesia toma cada vez mayor conciencia de que es «madre» como María. Ella es «la cuna -afirmé en la bula Incarnationis mysterium, con ocasión del Gran Jubileo del año 2000- en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos» (n. 11).
Por este camino espiritual y misionero desea proseguir, acompañada siempre por la Virgen santísima, Estrella de la nueva evangelización, aurora luminosa y guía segura de nuestro caminar (cf. Novo millennio ineunte, 58).

María y la misión de la Iglesia en el Año del Rosario

2. En octubre del año pasado, al entrar en el vigésimo quinto año de mi ministerio petrino, como prolongación ideal del Año jubilar, convoqué un Año especial dedicado al redescubrimiento de la oración del Rosario, tan querida en la tradición cristiana; un año que se debe vivir bajo la mirada de María, la cual, según el misterioso designio divino, con su «sí» hizo posible la salvación de la humanidad y desde el cielo sigue protegiendo a los que acuden a ella especialmente en los momentos difíciles de la existencia.
Es mi deseo que el Año del Rosario constituya para los creyentes de todos los continentes una ocasión propicia para profundizar en el sentido de la vocación cristiana. En la escuela de la Virgen y siguiendo su ejemplo, toda comunidad podrá cultivar mejor su dimensión «contemplativa» y «misionera».
La Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra precisamente al final de este particular Año mariano, si se prepara bien, podrá dar un impulso más generoso a este compromiso de la comunidad eclesial. El recurso confiado a María con el rezo diario del Rosario y la meditación de los misterios de la vida de Cristo pondrán de relieve que la misión de la Iglesia se debe sostener, ante todo, con la oración. La actitud de «escucha», que sugiere la plegaria del rosario, acerca a los fieles a María, la cual «conservaba estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). La recurrente meditación de la palabra de Dios es un entrenamiento para vivir «en comunión vital con Jesús a través -podríamos decir- del corazón de su Madre» (Rosarium Virginis Mariae, 2).

Iglesia más contemplativa: el Rostro de Jesús contemplado

3. Cum Maria contemplemur Christi vultum! Me vuelven a menudo a la mente estas palabras: contemplar el «rostro» de Cristo con María. Cuando hablamos del rostro de Cristo nos referimos a sus rasgos humanos, en los que resplandece la gloria eterna del Hijo unigénito del Padre (cf. Jn 1, 14): «La gloria de la divinidad resplandece en el rostro de Cristo» (ib., 21).
Contemplar el rostro de Cristo lleva a un conocimiento profundo y comprometedor de su misterio. Contemplar a Jesús con los ojos de la fe impulsa a penetrar en el misterio de Dios-Trinidad. Dice Jesús: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Con el Rosario nos encaminamos por este itinerario místico «en compañía y a ejemplo de su santísima Madre» (Rosarium Virginis Mariae, 3). Más aún, María misma se convierte en nuestra maestra y guía. Bajo la acción del Espíritu Santo, nos ayuda a adquirir la «tranquila audacia» que capacita para transmitir a los demás la experiencia de Jesús y la esperanza que sostiene a los creyentes (cf. Redemptoris missio, 24).
¡Contemplemos siempre a María, modelo insuperable! En su espíritu todas las palabras del Evangelio encuentran un eco extraordinario. María es la «memoria» contemplativa de la Iglesia, que vive con el deseo de unirse más profundamente a su Esposo para influir aún más en nuestra sociedad. ¿Cómo reaccionar ante los grandes problemas, ante el dolor inocente y ante las injusticias perpetradas con arrogante insolencia? Siguiendo dócilmente el ejemplo de María, que es nuestra Madre, los creyentes aprenden a reconocer en el aparente «silencio de Dios» la Palabra que resuena en el silencio por nuestra salvación.

Iglesia más santa: el Rostro de Cristo imitado y amado

4. Todos los creyentes están llamados, por el bautismo, a la santidad. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Lumen gentium, subraya que la vocación universal a la santidad consiste en la llamada de todos a la perfección de la caridad.
Santidad y misión son aspectos inseparables de la vocación de todo bautizado. El esfuerzo por llegar a ser más santos está estrechamente vinculado al de difundir el mensaje de la salvación. «Todo fiel -recordé en la Redemptoris missio- está llamado a la santidad y a la misión» (n. 90).
Contemplando los misterios del Rosario, el creyente se siente impulsado a seguir a Cristo y a compartir su vida hasta poder decir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).
Si todos los misterios del Rosario constituyen una significativa escuela de santidad y de evangelización, los misterios de luz ponen de relieve aspectos singulares de nuestro «seguimiento» evangélico. El Bautismo de Jesús en el Jordán recuerda que todo bautizado es elegido para llegar a ser en Cristo «hijo en el Hijo» (Ef. 1, 5; cf. Gaudium et spes, 22). En las bodas de Caná, María invita a la escucha obediente de la palabra del Señor: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). El anuncio del Reino y la invitación a la conversión son una clara consigna para todos a emprender el camino de la santidad. En la Transfiguración de Jesús, el bautizado experimenta la alegría que le espera. Al meditar en la institución de la Eucaristía, vuelve repetidamente al Cenáculo, donde el Maestro divino dejó a sus discípulos el tesoro más precioso: él mismo en el Sacramento del altar.
Las palabras que la Virgen pronuncia en Caná constituyen, en cierto modo, el fondo mariano de todos los misterios de luz. En efecto, el anuncio del Reino que se acerca, la llamada a la conversión y a la misericordia, la Transfiguración en el Tabor y la institución de la Eucaristía, encuentran en el corazón de María un eco singular. María mantiene sus ojos fijos en Cristo, conserva como un tesoro cada una de sus palabras y nos indica a todos cómo ser auténticos discípulos de su Hijo.

Iglesia más misionera: el Rostro de Cristo anunciado

5. En ninguna época la Iglesia ha tenido tantas posibilidades de anunciar a Jesús como hoy, gracias al desarrollo de los medios de comunicación social. Precisamente por esto, la Iglesia está llamada a reflejar el Rostro de su Esposo con una santidad más resplandeciente. En este esfuerzo, nada fácil, sabe que la sostiene María. De ella «aprende» a ser «virgen», totalmente dedicada a su Esposo, Jesucristo, y «madre» de muchos hijos que engendra para la vida inmortal.
Bajo la mirada vigilante de la Madre, la comunidad eclesial crece como una familia renovada por la fuerte efusión del Espíritu y, dispuesta a aceptar los desafíos de la nueva evangelización, contempla el rostro misericordioso de Jesús en los hermanos, especialmente en los pobres y necesitados, en los alejados de la fe y del Evangelio. En particular, la Iglesia no teme proclamar ante el mundo que Cristo es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6); no teme anunciar con alegría que la «buena noticia tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo» (Rosarium Virginis Mariae, 20).
Urge preparar evangelizadores competentes y santos; es necesario que no decaiga el fervor en los apóstoles, especialmente para la misión «ad gentes». El Rosario, si se redescubre y valora plenamente, presta una ayuda espiritual y pedagógica ordinaria y fecunda para formar al pueblo de Dios a trabajar en el vasto campo de la acción apostólica.

Una valiosa consigna

6. La tarea de la animación misionera debe seguir siendo un compromiso serio y coherente de todo bautizado y de toda comunidad eclesial. Una función más específica y peculiar compete, ciertamente, a las Obras Misionales Pontificias, a las que expreso mi gratitud por todo lo que generosamente están llevando a cabo.
A todos quisiera sugerir que intensifiquen el rezo del santo Rosario, de forma individual y comunitaria, para obtener del Señor las gracias que la Iglesia y la humanidad más necesitan. Mi invitación se dirige a todos: niños y adultos, jóvenes y ancianos, familias, parroquias y comunidades religiosas.
Entre las numerosas intenciones, no quisiera olvidar la de la paz. La guerra y la injusticia tienen su origen en el corazón «dividido». «Quien interioriza el misterio de Cristo —y el Rosario tiende precisamente a eso— aprende el secreto de la paz y hace de él un proyecto de vida» (Rosarium Virginis Mariae , 40). Si el Rosario marca el ritmo de nuestra existencia, podrá transformarse en instrumento privilegiado para construir la paz en el corazón de los hombres, en las familias y entre los pueblos. Con María podemos obtenerlo todo de su Hijo Jesús. Sostenidos por María, no dudaremos en dedicarnos con generosidad a la difusión del anuncio evangélico hasta los confines de la tierra.
Con estos sentimientos, os bendigo a todos de corazón.
Vaticano, 12 de Enero de 2003, Fiesta del Bautismo del Señor.
IOANNES PAULUS II
[Traducción distribuida por la Sala de Prensa de la Santa Sede]   ZS03022108
                                                                 El Papa y el Rosario
Las puertas de entrada del mundo se estrechan
El aumento de los inmigrantes y de quienes buscan asilo dispara las tensiones nacionales
LONDRES, 22 febrero 2003 (
ZENIT.org ).- «Fronteras fuera de Control» es el impactante título de un ensayo del profesor de la Universidad de Columbia Jagdish Bhagwati en la entrega de enero-febrero de la revista Foreign Affairs. Bhagwati pone su atención en los recientes conflictos ocurridos en Gran Bretaña, Australia y Estados Unidos debidos al aumento del flujo de inmigrantes ilegales ...
El primer ministro Tony Blair incluso amenazó con no cumplir con las obligaciones con la Unión Europea prohibiendo que se acepten refugiados si el número de buscadores de asilo no se reduce, informaba el 27 de enero Independent.
Y el arzobispo anglicano de Canterbury, Rowan Williams, apoyó la idea de que quienes soliciten asilo deberían ser tenidos «en un acomodo seguro» hasta que sus peticiones se analicen, observaba el Sunday Times el 2 de febrero.
Mientras tanto, en Estados Unidos, reglamentaciones más estrictas sobre la aceptación de refugiados están creando problemas a las iglesias y las organizaciones asistenciales que se ocupan de estas personas, informaba el 10 de febrero el Wall Street Journal...
El peso de las Iglesias
Una nota de prensa del 4 de diciembre de la Iglesia católica en Australia dio la bienvenida a las medidas tendentes a dejar libres a los niños de los centros de asilo donde están detenidos los solicitantes. El obispo de Port Pirie, Eugene Hurley, cuya diócesis del sur de Australia alberga dos de los centros, afirmó que elogiaba la decisión del gobierno de sacar a los niños no acompañados del ambiente de alta seguridad de la detención.
El 29 de noviembre los obispos publicaron una declaración expresando su preocupación por el encarcelamiento de niños en los centros de detención. También observaron que algunos detenidos sufrían un deterioro de su salud mental y física como resultado de estar detenidos durante periodos prolongados. Los obispos pidieron que se les quitara el régimen de detención a las personas con enfermedades psicológicas y se encomendaran al cuidado de organizaciones comunitarias.
La Iglesia también se ha expresado sobre la situación en Gran Bretaña. El obispo Patrick O’Donoghue, responsable de la oficina para los refugiados de los obispos, hizo pública una declaración el 30 de enero: «Cómo responde un país a aquellos que se vuelven a él en busca de un santuario dice mucho sobre su historia, sus valores y su gente», afirmaba el obispo. Es alarmante, observaba, que en Gran Bretaña la actitud hacia quienes solicitan asilo «se esté inclinando cada vez más a una línea más dura, impulsada por ataques implacables contra quienes solicitan asilo desde secciones de los medios ».
El 22 de enero los obispos de Estados Unidos y México publicaban conjuntamente una carta pastoral sobre emigración. La carta cita datos que muestran que cada año de 150.000 a 200.000 mexicanos entran en Estados Unidos como residentes permanentes legales – cerca del 20% de total de esta categoría. Los obispos reconocen las ventajas que provienen de la emigración, al igual que las injusticias sufridas por los emigrantes debida a una respuesta inadecuada a sus necesidades.
La carta reconoce la necesidad de encontrar un equilibrio entre los
derechos que están en conflicto en la cuestión de la emigración. «Cuando las personas no pueden encontrar empleo en sus países de origen para sostener a sí mismas y a sus familias, tienen derecho a encontrar trabajo en otros lugares para sobrevivir», establece el documento.
Al mismo tiempo, «La Iglesia reconoce el derecho de un estado soberano a controlar sus fronteras para salvaguardar el bien común». Los obispos insisten, sin embargo, en que las fronteras no se deben cerrar sólo para proteger los intereses económicos de un país. También afirman que las naciones más ricas tienen una obligación mayor de acoger a los emigrantes.
La carta sostiene que se debería permitir a los refugiados y a quienes solicitan asilo «demandar el estatus de refugiado sin encarcelarlos y a que sus solicitudes sean consideradas plenamente por la autoridad competente». Además, los obispos piden que los emigrantes indocumentados sean tratados con respeto.
Juan Pablo II, en su mensaje para el Día Mundial de los Emigrantes y Refugiados del año 2003, publicado el pasado 24 de octubre, afirmaba: «El ser miembro de la comunidad católica no viene determinado por la nacionalidad, o por el origen social o étnico, sino esencialmente por la fe en Jesucristo y el bautismo en el nombre de la Trinidad Santa».
El Papa invitaba a los católicos «a sobresalir en el espíritu de solidaridad hacia los recién llegados entre ellos». Al mismo tiempo, invitaba a los inmigrantes «a reconocer el deber de honrar los países que los reciben y de respetar las leyes, culturas y tradiciones de los pueblos que les han dado la bienvenida». Observaba: «Sólo así prevalecerá la armonía social».
El mensaje reconoce que esta solidaridad al aceptar a los inmigrantes no es fácil, e implica superar muchas presiones sociales. El Papa invitaba a los padres y profesores a ayudar en la lucha contra el racismo y la xenofobia «inculcando actitudes positivas basadas en la doctrina social católica». Una tarea necesaria en la era post-11 de septiembre.
ZSI03022203
                                                                                   
Un burgo antislámico