HOMILIA
FIESTA DE SAN INDALECIO
PATRONO DE LA CIUDAD Y DIÓCESIS DE ALMERÍA
Lecturas: Is 52, 7-10
Sal 95,1-3.7-10
2 Cor 4,1-2.5-7
Lc 5,1-11
El patrocinio de san Indalecio sobre la Ciudad y diócesis
de Almería viene de nuevo a congregarnos para la celebración
festiva y solemne de la Eucaristía. Independientemente de los datos
pormenorizados de la historia, San Indalecio es de hecho el Obispo evangelizador
que dió origen a nuestra Iglesia en la Hispania romana en el
tránsito del siglo I al siglo II. Si la tradición de los varones
apostólicos tiene su fundamento histórico, éste no
es otro que los hechos sucedidos. España fué
muy pronto destinataria de la predicación de los discípulos
de los Apóstoles, entre los que hay que colocar al Obispo fundador
de nuestra Iglesia, sea porque, en efecto, fue discípulo inmediato
de los mismos Apóstoles; sea porque san Indalecio predicó
el evangelio en aquel contexto espiritual y misionero en el que se movieron
los evangelizadores que sucedieron a la generación apostólica.
Con la palabra de Cristo por todo equipaje, esa generación
inmediata a la apostólica se entregó a la misión divina
de predicar el evangelio afrontando desplazamientos cada vez más
lejanos. Fue así como los primeros evangelizadores alcanzaron el
Portus Magnus de la costa sur del Mediterráneo, si es que no fué
Cartago Nova el único puerto de entrada del
cristianismo en el sur de la Península.
La fe plantada por aquellos predicadores de Cristo, muchos
de los cuales hubieron de sufrir el martirio ratificando
con su sangre la palabra proclamada, habría de dar frutos
abundantes en tan sólo dos siglos. Los testimonios documentales,
las crónicas y los monumentos dan fe de la expansión y del
asentamiento del evangelio de Cristo en la Hispania romana del siglo III
después de Cristo. Luego vino la ordenación canónica
y la institucionalización del cristianismo. Los obispados, las iglesias
y los monasterios configuraron un cristianismo, primero hispanorromano
y después visigótico, con influencia bizantina en el sur oriental.
Por destino de la historia la Iglesia plantada y asentada hasta
entonces durante más de seis siglos se vió bruscamente
amenazada por la invasión y la dominación musulmana.
La reconquista hizo posible el retorno de la fe de Cristo a estas tierras,
que primero fueron cristianas. Se cumplen ahora los 500 años
de la erección canónica de más de cuarenta parroquias
almerienses. Cinco siglos de fe, que queremos celebrar a lo largo de
este año en espíritu de acción de gracias y que, gracias
a la colaboración y apoyo de las instituciones sociales y de las corporaciones
municipales, será un centenario que no va a pasar inadvertido.
Damos gracias a Dios todopoderoso, verdadero Señor de la
historia, a quien están sometidos los tiempos y las generaciones,
igual que los poderes humanos, por la fe recibida y conservada hasta
hoy. Sabemos que la transitoriedad de las dificultades nos permite
fundar nuestra esperanza en lo único perenne y duradero: el verdadero
poder de Dios y el señorío de Cristo sobre los acontecimientos.
Esta esperanza nos da paz y sosiega la inquietud que generan los avatares
de la historia, a veces causa de inmenso dolor para los pueblos, que nunca
terminan de aprender de sus errores culpables.
Sin esta esperanza trascendente sería
difícil afrontar la pérdida de los valores y la falta de
otro sentido para la vida que no sea el que discrecionalmente se quiera
imponer desde los resortes del poder y los centros creadores y divulgadores
de la opinión pública.
Sin embargo, las palabras del profeta Isaías son claras:“La
hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios
permanece por siempre” (Is 40,8). Si Dios ha dado el poder a Cristo
su Hijo, podemos comprender las palabras de Jesús: “Los cielos y
la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21,33).
Fiarse de la palabra de Cristo es el principio de la fe, y la fe
produce la vida eterna.
Jesús quiso hacer de Pedro y de los apóstoles pescadores
de hombres, trocando las redes marinas
por la proclamación de la palabra, por la predicación
del Evangelio. Para ello quiso afianzar sobre su palabra la acción
apostólica de sus discípulos. El evangelio de san Lucas
nos cuenta que Jesús les ordenó echar las redes de nuevo,
después de haber pasado una noche infructuosa pescando sin haber
cogido nada. Pedro, a la voz del Señor respondió: “... por
tu palabra, echaré las redes” (Lc 5,5). El evangelista continúa:
“Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba
la red” (v.6).
Sólo quien se fía de la palabra de Jesús
accederá a la pesca milagrosa. Dios, que comienza la obra buena
otorgando el don de la fe que llega con la predicación, la lleva
a término con los frutos abundantes de la conversión. Perder
la fe es exponerse a cosechar las redes vacías. Pero san
Pablo nos dice que la fe viene de la predicación, y que
ésta es necesaria para poder invocar el nombre de Dios y salvarse
por la fe en el evangelio de Cristo: “Pero ¿cómo invocarán
a aquel en quien no han creído? ¿Cómo invocarán
a aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin
que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son
enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos son los pies
de los que anuncian las buenas noticias!” (Rom 10,14-15).
El Apóstol recoge las palabras que hemos escuchado a Isaías
en la primera lectura describiendo la hermosura de los pies sobre
los montes de los mensajeros de la salvación: “Qué hermosos
son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae
la buena nueva, que anuncia la salvación (...) y verán los
confines de la tierra victoria de nuestro Dios” (Is 52,7). San Indalecio
como los varones apostólicos que afrontaron la misión de Hispania
e hicieron los primeros discípulos que prolongaron su obra fueron
los mensajeros de la primera hora, los sembradores de paz, no
la paz del armisticio entre partes hostiles, sino la paz reconciliadora del perdón de Dios por la sangre
de Cristo, la paz redentora que es la misma salvación ofrecida
como don y entrega divina al mundo.
La siembra fué acompañada
de la persecución y el martirio, siempre testimonio fehaciente
de una esperanza que va más allá de lo que los hombres podemos
prometer y esperar de nosotros mismos. Por eso, las dificultades hicieron
exclamar a san Pablo: “Pero no todos obedecieron a la Buena
Nueva”, y recurriendo de nuevo al profeta Isaías añade:
“Porque Isaías dice: «¡Señor, ¿quién
ha creído a nuestra predicación?». Por tanto la
fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra
de Cristo” (Rom 10,16-17).
Los pastores de la Iglesia, y con ellos todos los cristianos,
hemos de ser muy conscientes de que la predicación es necesaria
para la fe, pero la predicación encuentra dificultades de continuo.
Siempre hay una amenaza sobre la predicación, por eso san Pablo
tenía que advertir a su colaborar e hijo en la fe el Obispo Timoteo:
“Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza,
exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en
que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados
por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros
por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos
de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tim 4,3-4).
Vivimos tiempos, en efecto, en que el relativismo de nuestra
cultura no soporta la predicación del evangelio, pero no
por eso hemos de sucumbir al espíritu del tiempo.
Los cristianos estamos llamados a dar testimonio de la verdad, como lo
hizo Cristo ante Poncio Pilato (cf. 1 Tim 6,14). El predicador del evangelio
de Cristo tiene que afrontar la oposición que encuentra la exposición
de la verdad y padecer las consecuencias que la predicación trae
consigo, pero no por eso puede renunciar a su misión, porque el encargo
que ha recibido de Dios le impide el acobardamiento como le impide predicarse
a sí mismo. No es la predicación un discurso impositivo sino
la propuesta que hace a los hombres de parte de Dios, y por eso mismo,
el que predica inevitablemente apela a la autoridad del que le envía.
Pues dice el Apóstol de las gentes: “Porque no nos predicamos
a nosotros, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros, siervos
vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).
San Pablo nos recuerda que quienes hemos sido iluminados con la
luz de la fe no podemos oscurecer esta luz ni apagarla, sino iluminar con
ella a los demás “dando a conocer la gloria de Dios reflejada
en Cristo” (2 Cor 4,6). ¿Cómo podemos llamarnos cristianos
y renunciar a iluminar la vida con la luz de Cristo, Palabra de Dios y “luz
verdadera que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo?”( Jn 1,9). Evangelizar
es dar testimonio de la verdad que es Cristo en quien ha brillado la luz
de la vida sin que las tinieblas hayan podido vencerla (cf. Jn 1,5). Pongamos,
pues, en Cristo la esperanza de la victoria de la luz sobre toda la oscuridad,
y confiando en las palabras de Cristo recordemos a los hombres de nuestro
tiempo que Cristo es la verdad y que conocerle a él es conocer la
verdad y “la verdad que hace libres”(Jn 8,32). Lo más grave de
nuestros días es que, después de haber sido iluminados con
la luz de Cristo no queramos permanecer en él y desoigamos sus admonitorias
palabras y su advertencia: “Caminad mientras tenéis luz, / para que
no os sorprendan las tinieblas; / el que camina en las tinieblas, no sabe
a dónde va. / Mientras tenéis la luz, / creed en la luz, /
para que seáis hijos de la luz” (Jn 12,35b-36).
Estas palabras de Cristo nos advierten del pecado contra el Espíritu
Santo, cuya efusión sobre la Iglesia celebramos una vez más
en este nuevo Pentecostés. Sólo es pecado sin perdón
el pecado contra el Espíritu Santo, de ahí la extraordinaria
gravedad moral en que inciden quienes se empecinan en invertir el orden
de la creación asequible a la luz natural de la razón, y el
pecado que representa oponerse a la luz con la que la revelación
de Cristo ilumina la vida de los seres humanos. La luz con la que
san Indalecio y los misioneros apostólicos que plantaron la Iglesia
entre nosotros iluminaron la vida de Hispania, a cuyo resplandor hemos vivido.
Que la santísima Virgen María quiera defendernos
de huir del resplandor luminoso de la verdad revelada. A ella confiamos,
en este año de la Inmaculada, el cuidado de nuestra Iglesia diocesana
de Almería y le pedimos que ampare la fe que profesamos y que
deseamos alimentar en la exposición de la palabra revelada y en
la celebración de la Eucaristía.
S.A.I. Catedral de la Encarnación
14 de mayo de 2005
San Indalecio
Fundador de la Iglesia de Almería
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
PARAULES DE SALUTACIÓ DE MONS. JAUME PUJOL BALCELLS,
NOU ARQUEBISBE METROPOLITÀ DE TARRAGONA I PRIMAT,
EN LA SEVA ORDENACIÓ EPISCOPAL I PRESA
DE POSSESSIÓ DE L’ARXIDIÒCESI DE TARRAGONA
Catedral de Tarragona,
19 de setembre de 2004
«El bon pastor dóna la vida per
les seves ovelles» (Jn 10,11)
Salutacions i agraïments
Estimats germans en el Senyor,
M’agradaria que les meves primeres paraules
a l’arxidiòcesi fossin un cant d’acció de gràcies
a Déu. Amb sant Pau us convido a
dir: «Beneït sigui el Déu i Pare de nostre
Senyor Jesucrist, Pare entranyable i Déu de tot consol. Ell ens conforta en totes
les nostres adversitats, perquè nosaltres mateixos, gràcies
al consol que rebem de Déu,
sapiguem confortar els qui passen alguna pena» (2Co 1,3-4).
Primer de tot envio una salutació
molt cordial als fidels de l’arxidiòcesi de Tarragona,
de la qual fa uns moments he pres possessió. Voldria que
arribés a tots i a cadascun d’ells: en primer lloc als components
del Capítol de la Catedral i del Col·legi de Consultors,
a tots els preveres i diaques, religiosos i religioses, laics i laiques,
i molt especialment a tots els malalts i a tots els qui pateixen,
i a les parròquies, moviments i associacions de l’arxidiòcesi.
I, amb ells, a tots els qui m’acompanyeu aquí en aquest dia.
Un saludo y agradecimiento especial
al Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Manuel Monteiro
de Castro, que ha presidido mi ordenación episcopal: deseo
que haga llegar mi afecto y unión a Su Santidad Juan Pablo
II, «principio y fundamento perpetuo y visible de unidad»
(LG 27). Gràcies a Mons. Lluís Martínez Sistach,
arquebisbe de Barcelona i antecessor meu a l’arxidiòcesi
de Tarragona. Gracias también a Mons. Javier Echevarría,
obispo prelado del Opus
Dei, por su presencia en estos momentos tan importantes para mí:
quiero agradecer aquí, públicamente, los incontables
bienes espirituales que he recibido a lo largo de más de
cuarenta años en el Opus Dei. He de donar les gràcies
també a Mons. Joan Enric Vives, bisbe de la diòcesi
d’Urgell, on vaig fer els primers passos en la fe; a Mons. Xavier
Salinas, bisbe de Tortosa, que és el bisbe sufragani
més antic de la província eclesiàstica Tarraconense;
als altres bisbes sufraganis i als bisbes germans de la província
eclesiàstica de Barcelona, amb els qui formem la Conferència
Episcopal Tarraconense.
Agradezco muy especialmente la presencia
del presidente de la Conferencia Episcopal Española,
cardenal D. Antonio María Rouco Varela; de los señores
cardenales presentes, arzobispos y obispos, dels abats de Montserrat
i Poblet, de los sacerdotes y diáconos y de todas las personas
consagradas.
El meu agraïment i salutació
va dirigit també a l’Honorable Conseller en Cap de la Generalitat
de Catalunya, Sr. Josep Bargalló; a l’Il·lustríssim
Alcalde de Tarragona, Sr. Joan Miquel Nadal, i a totes les autoritats
civils i militars que han tingut l’amabilitat de fer-se presents
en aquest acte.
Saludo els meus germans i tots els
membres de la meva família. No vull deixar passar
aquest moment sense recordar amb afecte els meus pares, Ramon
i Carme, ja difunts, que van saber plantar en mi la llavor de la
fe cristiana per tal que arrelés fermament, junt amb un
amor molt gran a la meva terra catalana, als nostres costums i a
la nostra gent. Ells em van ensenyar a estimar, a perdonar i a posar
sempre Déu davant de tot. Podeu estar segurs que a ells —perquè
van plantar aquesta llavor divina— els dec ser avui aquí.
Quina vocació més gran tenen els pares de família!
Un saludo a todos los que habéis
venido de fuera de Cataluña, especialmente de Navarra,
donde dejo muchos recuerdos y amigos, y de donde me traigo tantas
cosas buenas.
Passat, present i futur
Joan Pau II, en acabar el Jubileu de l’Any 2000, ens convidava «a recordar amb gratitud el passat, a viure amb passió el present i a obrir-nos amb confiança al futur» (NMI 1).
Recordar amb gratitud el passat
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Obrir-nos amb confiança al futur
Si volem obrir-nos amb confiança
al futur cal viure amb aquesta fe, esperança i caritat.
Però, en concret, què hem de fer ara que comença
una nova etapa, un nou pontificat?
Sa Santedat Joan Pau II, en l’exhortació
apostòlica «L’Església a Europa»,
diu: «Sí, després de vint segles, l’Església
es presenta a l’inici del tercer mil·lenni amb el mateix
anunci de sempre, que és el seu únic tresor: Jesucrist
és el Senyor; la salvació no es troba en ningú
més que en ell (cf. Ac 4,12). La font de l’esperança
per a Europa i per a tot el món és Crist, i "l’Església
és el canal a través del qual passa i es difon l’ona
de gràcia que flueix del cor traspassat del Redemptor—»
(n. 18). I més endavant afegeix: «S’observa que les
nostres comunitats eclesials han d’afrontar debilitats, fatigues,
contradiccions. Necessiten també escoltar
novament la veu de l’Espòs que les convida a la conversió,
les incita a actuar amb entusiasme en les noves situacions i les crida
a comprometre’s en la gran obra de la "nova evangelització".
[…] D’aquesta manera Jesucrist crida les nostres Esglésies d’Europa
a la conversió, i elles, amb el seu Senyor i gràcies
a la seva presència, es fan portadores d’esperança per
a la humanitat» (n. 23).
Amb aquestes llums el camí
és clar. No és altre que el traçat en el
Pla pastoral diocesà 2002-2005, amb els seus objectius
i accions; un pla pastoral que és aplicació del
concili provincial Tarraconense, que va ser una actualització
i concreció a les nostres terres del concili Vaticà
II. Vull ser continuador del que ja s’hi fa; vull impulsar i
animar tot el que el Sant Pare ens indica a l’exhortació apostòlica
«L’Església a Europa» i el que es diu al Pla pastoral
diocesà: formació i acompanyament; evangelització
i catequesi; matrimoni i família, religiositat popular, caritat
i testimoniatge. I tot això ho vull fer amb un treball pastoral
animat per una espiritualitat i un estil de comunió i de missió.
Agraeixo de debò al meu antecessor, l’arquebisbe Lluís,
així com als anteriors consells Presbiteral i Pastoral Diocesà
i a tots els qui han treballat en aquest projecte —i en els projectes
anteriors— la feina duta a terme. Com hem llegit a l’evangeli
—i ho dic sense arrogància—, vull ser per a tothom, amb
l’ajut de Déu, el bon pastor que dóna la vida per les
ovelles (cf. Jn 10,11).
Les vocacions al ministeri sacerdotal,
així com a la vida consagrada, la promoció del
laïcat, la tasca pastoral amb el jovent&#hellip; seran
qüestions que ocuparan molt especialment la meva ment i el
meu cor.
Vull que la col·legialitat
i la voluntat de diàleg regeixin el meu pontificat: voluntat
d’escoltar tothom, d’acollir tothom, d’aprendre de tothom, de ser
l’arquebisbe de tots, sempre dins la identitat de l’única
Església de Jesucrist. Vull treballar, en primer lloc, al
servei de tots els fidels d’aquesta arxidiòcesi, per tal que
la fe i l’amor al Crist i a la seva Església augmentin i s’enforteixin.
Prego ara el Senyor que ens concedeixi allò que sant Pau ens
diu a la segona lectura: «Un sol cos i un sol esperit, com
és també una sola l’esperança que neix de la vocació
rebuda. Un sol Senyor, una sola fe, un sol baptisme; un sol Déu
i Pare de tots, que està per damunt de tot, actua a través
de tot i és present en tot» (Ef 4,4-6).
Demano al Senyor, germans estimats,
que ressonin en tots vosaltres aquests desigs per a l’etapa que
s’inicia, i que l’anunci de Jesucrist redemptor arribi a tot arreu,
a totes les famílies i a totes les persones d’aquesta beneïda
terra de Tarragona. Sento en la meva ànima
l’impuls de fer realitat, amb la col·laboració de
tots, el contingut de les paraules de sant Pau que he triat
com a lema per al meu pontificat: «El que has escoltat, ensenya-ho»
(2 Tm 2,2).
Però aquest servei està
obert a tots els camps de la vida social, política i
econòmica del nostre poble. Aprofito la presència
de representants tan qualificats de les diverses institucions per
oferir-los la nostra lleial col·laboració en tot
allò que sigui possible, per al bé de les persones
i per ajudar a solucionar els problemes que tenim. Sabeu que compteu
sempre amb la nostra estima, ajuda i pregària davant el Senyor.
I des de l’arxidiòcesi
metropolitana i primada de Tarragona volem
continuar prestant un servei a tots
els bisbats de Catalunya, amb els quals ens uneixen lligams
culturals i històrics entranyables —àmpliament
descrits al document «Arrels cristianes de Catalunya»—
que han donat molt de fruit a l’Església durant tants segles,
i que els continuaran donant amb l’ajut de Déu i amb el nostre
esforç personal.
I des de la nostra identitat, com deia
sant Fructuós al soldat Fèlix, hem de «tenir
al pensament l’Església catòlica, estesa d’Orient
a Occident». L’Església de Tarragona sempre ha
tingut un cor acollidor, catòlic, universal.
Germans i germanes, la fe ens posa
sempre per davant una tasca molt bonica i que exigeix totes les
nostres energies, perquè el món, com diu sant Pau, espera «la
manifestació dels fills de Déu».
No voldria acabar les meves paraules
sense donar les gràcies molt sincerament a tots els qui
durant aquests mesos han tingut cura de l’arxidiòcesi i han
preparat aquesta celebració, de manera molt especial a
l’administrador diocesà, Mn. Miquel Barbarà, a qui agraeixo
de tot cor les seves paraules a l’inici de l’acte. I no vull
deixar d’esmentar el Cor i Orquestra dels Amics de la Catedral, que
han magnificat la celebració i dels quals espero poder
gaudir en moltes altres ocasions. També manifesto el meu reconeixement
a les entitats i organismes de les Administracions que hi han col·laborat.
Envoltat d’un núvol de testimonis
que han afermat la vida d’aquesta venerable Església durant
tants segles, invoco, davant vostre, la intercessió de l’apòstol
sant Pau, i
de santa Tecla, deixebla i oïdora de la Paraula,
i vull fer-me digne de la intercessió de sant Fructuós
i dels seus sants diaques, dels sants pastors Pròsper i
Oleguer, i també de sant Josemaría Escrivà,
de qui vaig aprendre a estimar i servir l’Església.
Finalment, m’encomano a la Mare
de Déu, invocada sota tantes advocacions a la
nostra arxidiòcesi, i de manera especial demano a la Mare
de Déu de Montserrat, patrona de les diòcesis que
tenen la seu a Catalunya, la seva ajuda pel ministeri que avui inicio:
Mare, vetlleu per tots nosaltres, teniu-nos sempre dins vostre mantell blau.
BENVINGUDA AL NOU
ARQUEBISBE, MONS JAUME PUJOL BALCELLS
V Senyor Nunci Apostòlic, president de la celebració;
Senyor Arquebisbe electe, pastors de l’Església, autoritats,
representacions, germans i germanes. Permeteu-me una salutació
més específica als preveres, diaques, religiosos
i laics i laiques de l’arxidiòcesi de Tarragona, presents
o que segueixen la celebració per mitjà de pantalles
o de la televisió Més Tarragona. Mereixeu estar
en llocs millors en aquesta Catedral, però com que hem de
ser acollidors els cedim als qui han vingut ocasionalment per a aquesta
celebració.
Senyor Arquebisbe electe, sigueu
benvingut a aquesta venerable Església de Tarragona,
metropolitana i primada de les Espanyes,
com ho heu acceptat solemnement fa uns instants.["JURO
DEFENSAR EL PRIMAT DE L' ESPANYES"] Sou
a la que des d’ara serà la vostra Catedral. Sereu una
anella més en la successió de Fructuós. Com vaig dir
en el comiat del vostre predecessor, l’arquebisbe Lluís
Martínez Sistach, avui coconsagrant, aquesta Església
és senyora, com ho és amb sobrietat aquesta Catedral
que ens acull, sense oripells, i no és mesquina. Per
això la vostra persona ha de rebre un acolliment cordial
i generós. I així ho fem.
Veniu a
una Església venerable que, segons una tradició
més que atendible, és un dels llocs on s’ubica la
realització del propòsit de sant Pau d’anar a Hispània,
manifestat a la carta als Romans (15,24.28); una Església ben organitzada en el segle III
i estimada fins i tot pels pagans, com consta a les primeres actes
martirials de la península ibèrica, que narren el martiri
del bisbe Fructuós i els seus diaques Auguri i Eulogi, al mateix
amfiteatre actual de la ciutat de Tarragona. El bisbe d’aquesta Església,
Himeri, rep al segle IV, l’any 385, la primera decretal del papa Sirici
a occident amb les funcions que són ben bé de metropolità
i de primat envers les províncies d’Hispània, i el mateix
fa el papa Hilari al bisbe Ascani els anys 464 i 465. Tarragona era una
Església cultualment important en el primer mil·lenni,
com es desprèn de l’Oracional de Verona. Amb la invasió
musulmana, sant Pròsper va haver de fugir a la Ligúria
italiana. Aquesta Església va ser restaurada després de
la conquesta cristiana per la butlla del papa Urbà
II Inter primas Hispaniarum urbes
de 1091. Segurament que té la història més
brillant de tota l’Església universal de convocatòria
de concilis provincials: des dels concilis provincials del primer mil·lenni,
passant per ser la primera província eclesiàstica
en tota l’Església que va fer la recepció
del concili de Trento, fins a l’últim concili
provincial Tarraconense de l’any 1995, que necessita una més
intensa aplicació i que és ben bé una recepció del concili ecumènic
Vaticà II. És una Església capdavantera
en la devoció al Sagrat Cor i la primera
a tot Espanya que va fer la processó de Corpus, en concret
a Valls; una Església que ha promogut que en el credo
del símbol dels Apòstols, quan afirmem que creiem en l’Església
catòlica, hi afegim apostòlica
i romana, com expressarem
després en cantar-lo; una Església que ha tingut arquebisbes
il·lustres com sant Oleguer, Antoni Agustín, el cardenal
Cervantes de Gaeta, López Peláez, el bisbe auxiliar
màrtir Manuel Borràs… només per citar-ne alguns
—tenint presents els més recents—, que van tenir un paper important
en aquella guerra fratricida del 36 al 39 del segle passat, ja que els
dos capdavanters de posicions diferents de l’Església en aquell
moment eren fills d’aquesta arxidiòcesi: el cardenal Gomà,
de la Riba, i el cardenal Vidal i Barraquer, de Cambrils. És
una Església que ha tingut, al llarg de la història,
com a sufragànies, les seus metropolitanes de Pamplona,
Burgos, Saragossa, València i, últimament, Barcelona;
una Església que, com deia en el comiat esmentat a l’arquebisbe
Lluís, de vegades ha sofert el martiri
per ser Església i també per ser fidel al país,
complint un deure elemental de cada Església particular; una
Església, finalment, que també ha sofert el martiri força
dolorós de la incomprensió, més dolorós
encara quan prové de qui hauria de ser més comprensiu.
Sr. Arquebisbe electe, aquesta Església
acull generosament la vostra persona i, com que creiem en l’eficàcia
dels sagraments, quan haureu rebut la plenitud del sacerdoci i
us haureu assegut a la seu de Fructuós sereu el nostre pare
i pastor. Sabeu molt bé que veniu en un moment delicat. Necessitem
una tasca profunda de comprensió i d’acceptació d’uns
i altres, de fraternitat, de pau i de serenor. En els dos mesos que,
per confiança del Col·legi de Consultors, he actuat
d’administrador diocesà, he constatat que molts preveres
i seglars han treballat per la unitat, la concòrdia, la serenitat
i la pau. Crec que l’últim servei que he de fer com a administrador
és dir-vos que trobareu persones cofoies, altres d’indiferents,
però també n’hi ha moltes de profundament afectades
en el seu sentit de comunió eclesial i de pertinença
a l’Església. Les qui més m’han preocupat són
les que estan afectades en el silenci solitari de la seva consciència.
I totes són Església de Tarragona, Església
que se sent qüestionada pel fet que, vivint com vivia
amb normalitat, per nomenar el seu pastor
s’ha seguit un procediment tan extraordinari. Malgrat tot, invito
tots els diocesans a respondre amb actituds humanes i cristianes
madures. Tots hem de donar respostes evangèliques de perdó
i d’amor. Aquestes paraules volen ser un humil servei a l’Església
de Tarragona; les hem reflexionat els membres del Col·legi
de Consultors, que, per responsabilitat i obediència, exercirem
la funció que se’ns demana en aquesta celebració.
Sr. Arquebisbe, sigueu artífex
entre nosaltres de concòrdia, de fraternitat, de pau
i de comunió eclesial. Voleu ser l’arquebisbe de tots.
N’esperem signes clars. Hem preparat tan bé com hem sabut
la vostra consagració episcopal. Hem invitat els arxidiocesans
a fer una recepció de la vostra persona amb sentit eclesial
profund. A tots ens ha de moure el bé d’aquesta Església
de Tarragona, que ha de continuar fent el seu camí amb fidelitat
al Déu vivent i veritable, l’únic que mereix tot honor
i tota glòria. Senyor Arquebisbe, sigueu benvingut.
Mn. Miquel Barbarà Anglès,
administrador diocesà sede vacante
Catedral, 19 de setembre de 2004
SALUTACIÓ DEL SENYOR ARQUEBISBE,
MONS. JAUME PUJOL BALCELLS A L’ALCALDE DE TARRAGONA
Moltes gràcies,
Senyor Alcalde, per les paraules de salutació i benvinguda
que m’heu adreçat en nom de la Corporació Municipal
i de tots els tarragonins en la meva arribada a la ciutat de Tarragona,
capital d’aquesta arxidiòcesi metropolitana
i primada.
Des d’ara seré ciutadà
d’aquesta ciutat. Seré un ciutadà vostre. I us
puc dir que estic content de formar part d’aquesta ciutat tan
plena d’història. L’imperi romà la va fer
una gran capital, de les més importants de tot l’imperi.
Dins del recinte murallat, als peus del
que era la zona religiosa, em sembla sentir el ressò de la
predicació de sant Pau, que, segons una tradició
atendible i venerable, va predicar en aquest lloc, on se situa
la realització de la seva decisió de visitar Hispània,
tal com ho manifesta en la seva carta als Romans (Rm 15,24-28).
Vinc a la ciutat del bisbe màrtir
sant Fructuós i dels seus diaques Auguri i Eulogi. Hi vinc amb la missió de sant Pau i com
una anella més de la successió de sant Fructuós,
en compliment de la seva proclamació solemne que no ens
mancaria pastor, feta abans del martiri a l’amfiteatre d’aquesta
ciutat.
Fructuós va ser un bisbe
molt estimat no solament pels cristians sinó també
per tots els ciutadans. Amb la meva missió de bisbe i des
de la meva missió de bisbe vull ajudar també a cercar
el bé de tota la ciutat. Cadascú des de la nostra missió
hem de fer una aportació al bé comú. Hem de treballar
per una ciutat que sigui rica en valors humans i cristians, en la promoció
dels valors del regne de Déu, un regne de veritat i de
vida, regne de santedat i de gràcia, regne de justícia, d’amor i de pau.
Els fidels de l’Església
catòlica tenim una gran aportació a fer a la ciutat
de Tarragona, que no viu només del record de la seva història
passada, sinó que viu un moment intens de transformació
en tots els aspectes i que viu oberta i esperançada vers un
futur que desitgem realment millor per a tots els ciutadans i ciutadanes.
La nostra Església està fent una contribució important
al bé comú de la ciutat amb les seves institucions pastorals,
els seus centres docents, la seva preocupació per la joventut,
el seu suport a la família i la seva llarga acció a
favor de molts col·lectius que realment la necessiten: persones
pobres, persones soles, persones malaltes, persones que en certs
moments de la vida esperen una mà amiga que les ajudi en el
seu fatigós camí.
Us agraïm que valoreu aquesta
acció, que és fruit de la propagació
i vivència del missatge evangèlic. El Déu veritable és Déu d’amor
i de pau. És Déu Pare que ens fa veure
en cada home i en cada dona un germà i una germana. És
Déu Pare que vol el bé de cada fill i filla i que ens
crida a una plenitud de vida capaç de satisfer els anhels més
profunds que bateguen en el cor humà. Des de la meva missió
de pare i pastor desitjo que la bona nova de la salvació arribi
a cada ciutadà que vulgui obrir a Crist les portes del seu cor
en bé de totes i cada una de les persones i de la nostra estimada
ciutat de Tarragona.
Moltes gràcies
PARAULES DE SALUTACIÓ
DE L’ALCALDE DE TARRAGONA A MONS. JAUME PUJOL BALCELLS
ARAULES DE SALUTACIÓ DE L’ALCALDE
DE TARRAGONA A MONS. JAUME PUJOL BALCELLS
EXCEL·LENTÍSSIM I REVERENDÍSSIM
SENYOR ARQUEBISBE I PRIMAT,
Us dono la benvinguda en aquesta
ciutat, Tarragona, que des d’ara és també la vostra.
Us la dono personalment i com a representant dels ciutadans de Tarragona.
De tots, sense exclusions: tant dels catòlics creients i
practicants, com dels altres cristians i, també, dels no
cristians.
El "Llibre d’entrades de reis
i virreis i d’alguns privilegis" que es conserva en el nostre
arxiu municipal documenta el protocol amb el qual la ciutat
acostumava a rebre solemnement els arquebisbes
d’ençà el segle XIV.
Ara, a l’inici del segle XXI, Tarragona
manté la tradició de donar una solemne rebuda en
l’entrada d’un nou arquebisbe. Avui, és obvi que la societat
civil de Tarragona no conserva el mateix esperit corporatiu i gremial
de l’època medieval i de l’època moderna, però
la ciutat no oblida aquella vella tradició.
L’arxidiòcesi de Tarragona
és seu de la Santa Església
Catedral Basílica Metropolitana i Primada de les Espanyes,
la qual cosa li confereix un caràcter especial i la converteix
en el referent i pilar fonamental de l’Església catalana.
En aquest sentit, cal continuar l’herència del concili provincial
Tarraconense impulsat per l’arquebisbe Dr.
Ramon Torrella. El seu predecessor, l’arquebisbe Dr.
Lluís Martínez Sistach, en el seu discurs de presa
de possessió, també es va comprometre a aplicar les
resolucions conciliars.
Vull recordar expressament que l’Església
de Tarragona ha tingut una tradició insigne mentre
es va poder desenvolupar amb llibertat, és a dir, mentre
Catalunya va conservar el seu règim propi i les seves institucions.
En són una prova contundent els nombrosos concilis i sínodes
d’aquesta província eclesiàstica, documentats des
de l’any 598, els quals van perdurar fins al segle XVIII, o sigui,
fins la pèrdua de les nostres llibertats nacionals i la imposició
de l’absolutisme, que també va afectar l’Església.
Estic parlant d’un conjunt impressionat de més de 160 concilis
que honoren altament la nostra seu metropolitana, l’Església
catalana, l’Església universal, l’Església
especialment tarraconense.
La millor
tradició dels nostres prelats ha estat justament
la fidelitat i l’amor a la terra. L’Església
a Tarragona, conduïda pel seu arquebisbe, ha de connectar amb
tots els sectors de la societat, creients o no, per a treballar per
una millor justícia social.
I és amb aquest esperit
cordial, fraternal i de col·laboració que us
dono la benvinguda. La vostra austeritat en la vida personal, la
generositat en la dedicació i la sinceritat espiritual han
de servir als cristians per sumar i cohesionar, no per fragmentar
o per excloure.
Personalment desitjava tenir un
arquebisbe català. El desig s’ha
complert. Tenim un nou arquebisbe català, sensible, per
tant, a reconèixer i defensar la identitat de Catalunya
i de l’Església catalana.
Tarragona espera molt de vós,
perquè estic segur que enteneu la necessitat de mantenir-la
dignament en la preeminència que
li correspon històricament i que mai més
no ha de perdre, sinó que encara ha d’augmentar, seguint
l’exemple dels vostres més destacats
predecessors.
El reconeixement de la figura de
l’arquebisbe com a guia i mestre de tots els cristians de l’arxidiòcesi
de Tarragona implica que la vostra tasca apostòlica s’adapti
als principis i valors arrelats en la nostra societat durant les
últimes dècades.
Excel·lentíssim i
Reverendíssim Senyor, la ciutat de Tarragona us dóna
la benvinguda i us desitja que tingueu una fructífera labor apostòlica entre tots
nosaltres.
Benvingut i per molts anys!
Joan Miquel Nadal i Malé, Alcalde de Tarragona
Homilia de Mons. Lluís Martínez Sistach,
arquebisbe de Barcelona, en la missa d’inici del seu pontificat.
Basílica
de Santa Maria del Mar, 18 de juliol de 2004
Amb goig inicio avui el meu ministeri episcopal
en aquesta estimada Església metropolitana de Barcelona
en la qual he rebut el baptisme —aquesta Basílica de Santa
Maria del Mar m’ho recorda entranyablement—, la vocació sacerdotal,
el ministeri presbiteral i episcopal. Vinc a tots vosaltres amb una
actitud d’agraïment i perquè prengueu possessió de
mi. Sóc ben conscient que l’encàrrec que el Sant Pare
m’ha confiat consisteix a estimar i servir aquesta Església
que té unes arrels antiquíssimes
i que fretura per ser sempre fidel al Senyor per tal d’anunciar la
bona nova de Jesús als homes i dones de la nostra societat.
La paraula de Déu d’aquest diumenge il·lumina
de manera ben diàfana el ministeri del bisbe diocesà
i el treball de tots els membres de la nostra Església diocesana.
L’apòstol Pau
ens ha dit que és servidor de l’Església perquè
Déu li ha confiat la missió d’anunciar Jesucrist a tothom,
sense fer distincions. El servei més preuat del bisbe
és l’anunci creient, fidel i joiós de Jesucrist.
El Senyor m’envia a vosaltres a evangelitzar. Tota l’Església
de Barcelona ha rebut del Senyor l’encàrrec d’anunciar
la bona nova. Avui és urgent i molt necessari donar a conèixer
Jesucrist als homes i dones de la nostra societat profundament
secularitzada. Catalunya no està al marge dels corrents
culturals de l’Europa occidental i participa del seu procés de descristianització.
L’Església ha d’oferir el bé més preciós
i que ningú més no pot donar-li: la fe en Jesucrist,
font de l’esperança que no defrauda. La font de l’esperança
per a la nostra arxidiòcesi, com per a tot el món,
és Crist, i l’Església és el canal a través
del qual passa i es difon l’onada de gràcia que brolla del
cor traspassat del Redemptor.
La finalitat del concili provincial Tarraconense ha estat
precisament aquesta: com evangelitzar, avui, la nostra societat
catalana. I per assolir-ho hem de mirar tota la realitat eclesial
i social del nostre país amb una immensa simpatia, amb la mirada
del Bon Pastor (cf. Concili provincial Tarraconense, Prefaci). Així
ho afirma el document episcopal “Arrels cristianes de Catalunya”. Joan
Pau II, en la seva encíclica missionera, deia que els cristians
“són signe de l’evangeli àdhuc per la fidelitat a la pàtria,
al poble, a la cultura nacional, però sempre amb la llibertat
que Crist ha portat”, i dirigint-se a Catalunya, amb motiu del seu mil·lenari,
va afirmar: “Cal assenyalar que l’acció de l’Església
ha anat configurant el poble català amb tots els trets propis:
culturals, sociopolítics i econòmics. Aquesta herència”
—continua afirmant el Papa— “us crida a tots a acréixer les
virtuts cíviques, humanes i cristianes que han distingit els
fills i les filles de Catalunya.”
Tots som ben conscients de les dificultats que tenim en
el treball de l’evangelització i de l’activitat pastoral.
Aquestes dificultats les experimenten més els preveres i
amb força mesura els altres fidels que estan més compromesos
en la pastoral en el si de les parròquies, comunitats, institucions
eclesials i enmig de la societat. Comprenc la vostra fatiga i fins
i tot el vostre desencís. Molts de vosaltres viviu en el vostre
interior el dolor que ocasiona sempre una modificació de
la circumscripció de l’arxidiòcesi. Tanmateix em plau
posar en relleu el vostre lliurament generós a l’Església
que estimeu, el vostre zel amarat de caritat pastoral i el vostre
servei constantment renovat i animat per l’adhesió personal
a Jesucrist mort i ressuscitat. Us en dono gràcies i us dic
que estic i estaré sempre al vostre costat per compartir com a
pròpies les vostres alegries i les vostres tristeses.
El Gènesi ens ha recordat com Abraham i Sara desitjaven
freturosament un fill, el fill de les promeses reiterades de Déu.
Quina joia no devia tenir Sara, ja anciana, aquell dia que va preparar
els panets, quan l’hoste diví li va dir que quan tornés
el proper any ella tindria un fill! La vinguda i l’acció de
Déu sempre és desconcertant i dóna confiança
davant totes les dificultats. Desitjo, benvolguts, que Crist ressuscitat
ompli sempre de serenor, d’esperança i d’il·lusió
els nostres cors i el treball que realitzarem conjuntament en l’Església
i en la societat. El Senyor de la glòria ens ha promès
que estarà amb nosaltres dia rere dia fins a la consumació
del món.
Per viure aquesta presència de Crist, cap i pastor,
en l’Església i en les nostres comunitats eclesials, cal
acollir i escoltar Jesús com ho va fer aquella família
amiga seva de Betània. L’evangeli d’avui ens ho recorda.
Això ens mena a assolir la santedat, que és la vocació
primera i fonamental que el Pare dirigeix a tots els cristians en
Jesucrist per mitjà de l’Esperit. Els sants i santes de la nostra
arxidiòcesi, des de santa Eulàlia fins a sant Josep
Oriol, són els testimonis més esplèndids de
la dignitat conferida als deixebles de Crist. Em plau posar en relleu
el testimoniatge del Dr. Pere Tarrés, membre de la Federació
de Joves Cristians, metge i sacerdot d’aquest presbiteri diocesà,
que el proper 5 de setembre serà beatificat pel papa Joan
Pau II a Loreto juntament amb dos militants de l’Acció Catòlica
italiana.
Realitzar un treball pastoral que doni prioritat a la
pregària, personal i comunitària, significa reconèixer
la primacia de la gràcia. Hi ha una temptació que
assetja sempre el camí espiritual i l’acció pastoral
mateixa: pensar que els resultats depenen de la nostra capacitat
de fer i de programar. Potser per això Jesús va dir
a Marta que estava preocupada i neguitosa per moltes coses, però
que només n’hi ha una de necessària: escoltar als
peus del Mestre la seva paraula.
Arreu els cristians tenim el repte de fer de l’Església
—és a dir, de cadascun de nosaltres i de totes les realitats
eclesials— la casa i l’escola de la comunió, si de debò
volem ser fidels al designi de Déu i respondre també
a les profundes esperances del món. Això ens demana
a tots viure una autèntica espiritualitat de comunió.
L’Església apareix més com una comunió si cada
comunitat cristiana és capaç d’acollir tots els dons
de l’Esperit. El Papa afirma que “la unitat de l’Església no
és uniformitat, sinó integració orgànica
de les legítimes diversitats; és la realitat de molts membres
units en l’únic cos de Crist” (A l’inici del nou mil·lenni,
46).
L’Església ha de viure un amor preferencial
pels pobres. Recordant el meu lema episcopal —“La caritat de Crist
ens urgeix”—, desitjo fer present que aquesta consideració
paulina ens mou a estimar Déu i el proïsme i a no separar
mai aquests dos amors. No som del món, però vivim
en el món i estimem el món creat per Déu i volem
realitzar-hi el seu pla creador i redemptor. En aquest sentit, el concili
Vaticà II afirma que “els cristians han de cercar i assaborir
allò que és de dalt; això no disminueix, sinó
que més aviat augmenta, la gravetat de l’obligació de
treballar amb tots els homes en la construcció d’un món
més humà” (Gaudium et spes, 57). Benvolguts laics i
laiques, estigueu molt presents com a cristians en el món. El
Senyor us confia especialment aquest camp de la seva vinya, i és
assumint aquest compromís que estimeu Déu i els germans.
Vinc de la venerada Església metropolitana
i primada de Tarragona que
em va acollir amb actitud d’afecte i de col·laboració
i que m’honoro d’haver servit amb el meu ministeri episcopal.
Aquesta seu metropolitana de Barcelona que el Senyor em confia
ha de treballar ben unida amb la de Tarragona per tal de continuar
i intensificar la pastoral de conjunt que s’està realitzant
al servei de l’Església a Catalunya. Com una anella més
de la llarga successió apostòlica d’aquesta seu, vinc
després del Sr. Cardenal Ricard M. Carles, que ha esmerçat
amb sol·licitud apostòlica catorze anys del seu ministeri
episcopal al servei d’aquesta porció del poble de Déu.
Vaig col·laborar amb ell com a bisbe auxiliar en aquesta seu
durant un temps a l’inici del seu pontificat. Us agraeixo, Sr. Cardenal,
el vostre lliurament. El meu agraïment es dirigeix també
al Sr. Bisbe Auxiliar Mons. Joan Carrera pel seu constant treball al
servei d’aquesta Església; per a mi i per a l’arxidiòcesi,
Sr. Bisbe, sereu un ajut molt necessari i molt valuós. Una
salutació cordial a qui ha estat fins ara bisbe auxiliar,
Mons. Pere Tena Garriga. Tinc també present el servei
realitzat pel Sr. Administrador Apostòlic Mons. Josep Àngel
Saiz. El meu record va dirigit ara als antecessors meus ja traspassats,
d’una manera especial a qui vaig servir més de prop com a vicari
general i després com a bisbe auxiliar, Sr. Cardenal Narcís
Jubany Arnau.
Compto amb tots vosaltres, diocesans, i confio
plenament en la vostra col·laboració constant i
generosa. Em dirigeixo, en primer lloc, a vosaltres, molt estimats
preveres que sereu sempre els més íntims i immediats
col·laboradors del meu ministeri episcopal. El pastoratge
de l’arxidiòcesi el faré sempre amb els vostres consells
i la vostra participació. Hi ha entre tots nosaltres una profunda
relació sacramental, ja que pel sagrament de l’orde participem
del mateix sacerdoci ministerial de Crist. Procuraré que
trobeu sempre en mi un amic, un germà i un pare. Us estimo a
tots per igual. Tindreu ben obertes les portes del meu cor i de casa
meva, sempre i a qualsevol hora. Els diaques estaran molt a prop del
meu ministeri, exercint el servei que caracteritza el do sacramental
que han rebut en bé de l’Església diocesana.
Els seminaristes del nostre seminari sou
la joia de l’Església. Vosaltres heu acollit amb generositat
i valentia la crida que el Senyor us ha fet de servir-lo a ell
i a l’Església en un futur proper en el ministeri presbiteral.
Invito a tots els estimats joves de l’arxidiòcesi que considerin
la vida com un do de Déu i que escoltin amb disponibilitat
la crida de Jesús.
Benvolguts religiosos i religioses, de vida
contemplativa i de vida activa, homes i dones de vida consagrada.
Vosaltres engalaneu la nostra arxidiòcesi vivint fidelment
el vostre respectiu carisma i treballant en diversos camps de l’Església
i de la societat, contribuint així en l’edificació
de tot el cos místic de Crist cercant el bé d’aquesta
Església particular. Per a mi sereu sempre uns membres estimats
i valuosos de l’Església i des de la vostra vida comunitària
demanaré i agrairé la vostra col·laboració
en la pastoral diocesana.
Les meves paraules plenes d’afecte van ara
dirigides a vosaltres, laics i laiques de l’arxidiòcesi de
Barcelona, que us sentiu Església i que participeu en el si
de les parròquies, moviments, consells i institucions eclesials,
i que esteu compromesos com a cristians en les realitats de la societat.
La diòcesi necessita la vostra participació i col·laboració
i esmerçaré temps i dedicació per a tots vosaltres.
El tracte familiar i constant entre nosaltres ha de ser motiu d’esperança,
d’un profit eclesial ben abundós i d’un reforçament
més espontani de l’obra pastoral. Tinc molt present en la meva
pregària i afecte els malalts, els pobres i els marginats i
totes les persones que sofreixen per diversos motius.
Agradezco al señor Nuncio Apostólico de Su Santidad
su participación en esta celebración y la imposición
del palio esta mañana en la Catedral por encargo del Santo
Padre. La comunión con el sucesor de Pedro será siempre
el signo de una realidad profunda: la de sentirnos miembros de la Iglesia
de Jesucristo extendida de Oriente a Occidente, y a la vez enriquece
nuestra conciencia de catolicidad.
Deseo agradecer también al señor
Cardenal de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española,
a los señores arzobispos y obispos su participación
en esta eucaristía como expresión de la colegialidad
afectiva y efectiva que propicia un fecundo trabajo eclesial. Gràcies,
d’una manera especial, als bisbes de les diòcesis que tenen
la seva seu a Catalunya, a tots ells reitero el meu servei al treball
conjunt en bé de la comunió i de la missió de
les nostres Esglésies.
Agraeixo al Molt Honorable Senyor President
de la Generalitat, al Molt Honorable Senyor President del Parlament
de Catalunya, al Sr. Alcalde de Barcelona, al Sr. President de la
Diputació i a totes les altres autoritats la seva atenció
i deferència per fer-se presents i per participar en aquest
acte. Corresponc al seu gest amb el meu agraïment i amb el desig
de col·laboració lleial, des
de l’angle que em pertoca, a la seva dedicació
al bé comú.
Gràcies a les meves germanes, nebots
i familiars, i especialment als meus estimats pares, que per
la comunió dels sants han estat molt a prop nostre. Sempre
he trobat en la família el suport i l’ajut amarat d’amor que
tots necessitem en la vida.
El meu agraïment es dirigeix als
sacerdots, religiosos i religioses i laics i laiques de l’estimada
arxidiòcesi metropolitana i primada
de Tarragona i de les altres diòcesis que heu
volgut acompanyar-me en aquesta entranyable celebració.
Que Déu us ho pagui.
Que Maria, sota les entranyables advocacions
de la Mare de Déu de la Mercè i de la Mare de Déu
de Montserrat, intercedeixi amb amor maternal en el camí que
junts encetem al servei de l’Església que peregrina a Barcelona.
Parlament d’acomiadament al Sr. Arquebisbe Dr. Lluís
Martínez Sistach
Senyor Arquebisbe Lluís, Sr. Arquebisbe-bisbe
emèrit d’Urgell, Consell Episcopal, Capítol d’aquesta
Catedral, i autoritats presents, preveres diaques, religiosos,
religioses, laics i laiques de la nostra estimada arxidiòcesi,
familiars del Sr. Arquebisbe, participants tots en aquesta celebració
amb motiu del comiat del Dr. Lluís Martínez Sistach
com a arquebisbe
metropolità de Tarragona i primat de les Espanyes.
Senyor Arquebisbe,
Acomiadar un arquebisbe és sempre un
moment especialment intens en la vida de l’arxidiòcesi.
Aquest és encara més especial perquè no és
un final per haver arribat a una edat determinada, com va ser el comiat
del Dr. Pont i Gol, o per trobar-se en un estat de salut delicat, com
va ser el del vostre predecessor, recentment traspassat, el Dr. Ramon
Torrella. Aquest comiat és diferent: heu rebut la missió
d’esdevenir, des del proper diumenge, si Déu vol, el primer arquebisbe
metropolità de l’arxidiòcesi germana de Barcelona.
És la tercera arxidiòcesi que havent estat sufragània
de Tarragona, esdevé metropolitana, després de Saragossa
i de València (molt més abans, fins i tot Pamplona i
Burgos). Des de la decretal del papa Sirici al bisbe Himeri de Tarragona,
l’any 385, i des
de l’any 419, en què el bisbe Ticià
de Tarragona és anomenat per primer
cop metropolità,
es dóna el fet que, per primera vegada,
a Catalunya hi haurà dos metropolitans, i vós passeu
de metropolità de Tarragona a metropolità de Barcelona.
Amb motiu d’aquest relleu diferents vegades
heu manifestat la vostra convicció que un bisbe fa el bisbat
i un bisbat fa el bisbe. És un donar i rebre mutu que s’ha
esdevingut al llarg d’aquests set anys en què heu estat el
nostre arquebisbe. Si hagués d’enumerar tot el que ha estat
aquest donar i rebre, si hagués de ser
exhaustiu, depassaria l’espai que han de tenir aquestes paraules
i desdibuixaria el caire de caliu que han de tenir. De tota manera,
he d’expressar alguns fets com a indicadors o com a fites d’un camí
recorregut mútuament durant set anys.
En primer lloc vull indicar el compromís
per aplicar el concili provincial Tarraconense, manifestat clarament
en l’homilia del dia de la presa de possessió i renovat
reiteradament i de moltes maneres. En el si de la Conferència
Episcopal Tarraconense heu aprovat, en aplicació del nostre
Concili, tres importants directoris: el Directori
de pastoral sacramental, pel que fa als sagraments de la iniciació
cristiana; el Directori de la parròquia i el Directori de
l’arxiprestat; un llibre de pregàries del cristià
i un cantoral litúrgic bàsic, a més d’altres
aplicacions de les resolucions
conciliars. I pel que fa a l’aplicació
a l’arxidiòcesi, vau acceptar el pla pastoral del vostre
predecessor i n’heu aprovat dos més, tots ells amb la intenció
d’aplicar el nostre Concili, perquè si els plans pastorals
estan vius està viu el Concili, i si els plans pastorals
s’apliquen, s’està aplicant
el Concili.
Com a fites del llarg camí d’aquests
set anys hem de fer esment també de les quatre cartes pastorals:
"Treballem amb joia a la vinya del Senyor", "Caleu les xarxes",
"Enviats per a donar fruit" i "Les vocacions sacerdotals, joia de
l’Església". Aquesta última, que tanta difusió
ha tingut i que l’han treballat diferents organismes, com el Consell
Presbiteral i el Consell Pastoral Diocesà, grups i moviments,
marca una preocupació important del vostre pontificat: la preocupació
per totes les vocacions i especialment per les vocacions al ministeri
ordenat de preveres i de diaques. Fem ara presents els preveres
i els diaques que heu ordenat. Tot això juntament amb la cura
de pare i pastor per la situació personal dels preveres, de la
qual cosa, més enllà del que és normal que es
conegui, en podem donar fe els col·laboradors més propers.
Cal subratllar també la preocupació pel Seminari i pels
seminaristes. Moltes vegades us heu referit al paper dels laics tant
de cara endins de l’Església com de cara enfora, animant
els laics i laiques a ser fidels al que els
és més propi: donar testimoniatge enmig de les
realitats temporals, en el món de la política, de
l’economia, de la cultura i tot el que configura la realitat sociocultural
del nostre país, que ens l’estimem perquè és
el nostre, com diu el Concili. Una altra
fita del vostre pontificat crec que ha estat
la intervenció reiterada en l’obertura a l’Europa que s’està
construint a fi que estigui impregnada dels valors cristians que
tant han contribuït a configurar-la.
Són fites molt pròpies
de l’acció pastoral les orientacions i preocupacions sobre
la família i sobre els joves, que han merescut, amb raó,
una especial atenció. Us heu fet molt present a les parròquies,
sobretot amb motiu de la confirmació de tants joves i de
més grans a la Catedral. Heu estat present en els mitjans de
comunicació social, amb intervencions molt sovintejades,
setmanalment a través de la carta dominical Paraula i Vida retransmesa
per la quasi totalitat d’emissores de ràdio que hi ha en
el territori de l’arxidiòcesi i a les televisions locals
de Tarragona i Reus.
Amb el vostre Consell Episcopal heu establert
importants decisions pastorals, com per exemple l’agrupació
de parròquies, l’admissió i acompanyament en el
Catecumena Diocesà d’Adults, el memoràndum per al
rector de parròquia i l’Estatut de l’arxiprestat, elaborat amb
la participació del Col·legi d’Arxiprestos i del Consell
Presbiteral.
Com a bon canonista, us heu preocupat
que cada organisme de la Cúria tingués el lloc que
li correspon i exercís les funcions que li són pròpies.
Us heu preocupat de dignifica el Tribunal diocesà i el metropolità,
heu fet millores a l’Arxiu Històric Arxidiocesà i
heu fet arranjar la Casa dels
Concilis a fi que pugui ser la seu de diferents
organismes i moviments diocesans. Allí s’hi ubicarà
el Museu Bíblic, que amb l’ajuda coratjosa i eficient
dels seus responsables, serà d’una gran categoria. També
hauria estat la vostra il·lusió que en aquesta Casa
dels Concilis s’hi pogués posar, encara que fos testimonialment,
un petit museu que donés a conèixer la gran història,
única a l’Església universal, de la nostra tradició
de concilis provincials.
Una altra fita important del camí
d’aquests set anys ha estat la vigilància sobre els béns
de l’Església, que com heu dit moltes vegades han de ser
per subvenir les necessitats pastorals i per ajudar els més
pobres, no permetent que, sota cobertures legals o intencions populistes,
es realitzessin actes que en realitat serien una expropiació
forçosa encoberta.
En aquest capítol dels béns
materials, he deixat per al final —pel que en acabar aquesta celebració
rebreu— la vostra preocupació i el vostre compromís
per la restauració d’aquesta Catedral, en la qual s’hi
estan realitzant les obres més importants que mai s’hagin
fet després de la
seva construcció, gràcies al conveni
signat entre la Generalitat de Catalunya, la Diputació
de Tarragona, el Consell Comarcal del Tarragonès, l’Ajuntament
de Tarragona i l’Arquebisbat, i per mitjà de les subvencions
del Govern de l’Estat, totes molt importants i necessàries.
Essent arquebisbe de Tarragona vau ser
renovat per a un nou quinquenni consultor del Consell Pontifici
per als Laics i també vau ser nomenat membre del Consell
Pontifici per als Textos Legislatius.
No em puc allargar més. Només
he indicat unes fites d’aquest llarg i intens camí de set
anys del vostre pontificat. Si tot el que acabo d’esmentar fins
ara es pot situar en la vessant del que el bisbe —en aquest cas l’arquebisbe—
dóna a la diòcesi, sense descurar la col·laboració
de tantes
persones que han fet la seva aportació,
i que es pot dir
que va en la direcció del que la diòcesi
aporta al bisbe, ara hauria de fer esment de manera més
explícita de la vessant del que la diòcesi dóna
al bisbe, en aquest cas l’arxidiòcesi a l’arquebisbe.
Comprendreu que en aquesta vessant he
de ser modest. Deixeu-me dir només, Senyor Arquebisbe,
que aquesta arxidiòcesi sens dubte que deu haver augmentat
la vostra memòria històrica de les nostres arrels:
sant Pa i sant Fructuós, d’on venim, i de la densa història
dels segles que han transcorregut en "l’espessa boira de disset
centúries", com diu Mn. Melendres. Aquesta arxidiòcesi
us deu haver fet prendre més consciència del servei
que aquesta seu ha fet a tot Catalunya i més enllà,
i de quina és la nostra identitat, a la qual, malgrat la nostra
pobresa, no podem renunciar; una Església que, malgrat les
vicissituds que ha hagut de viure, ha volgut ser fidel a l’Església
i al nostre país, Catalunya, com és un deure elemental
de cada Església particular estimar i servir el propi país;
una Església que diferents vegades s’ha vist revestida del vermell
martirial tant per ser Església com per
ser fidel al país, que moltes vegades ha hagut de patir
el martiri de la incomprensió, més dolorós
quan prové de qui més hauria de ser comprensiu; una
Església que estimem i que considerem venerable. Aquesta
Església venerable us ha prestat
la seva venerabilitat i vós n’heu sortit
enfortit amb més prestigi. Us hem donat la nostra comunió
eclesial, la nostra comprensió i la nostra col·laboració
lleial. Esperem haver estat fidels i haver correspost a la vostra
confiança. Hem treballat per tenir pau i bona harmonia, per
viure la
comunió eclesial en profunditat i per
expressar-la amb signes d’amistat i de fraternitat. Sens dubte
que això us haurà ajudat i haurà ennoblit el
vostre servei ministerial. Us l’oferim com el millor regal de comiat.
Que us serveixi per afrontar la nova responsabilitat que teniu
encomanada. I
quan ens mireu des de Barcelona recordeu l’arxidiòcesi
que vau trobar, la que mútuament hem anat fent al llarg
de set anys, com a arquebisbe a l’arxidiòcesi i com a arxidiòcesi
a l’arquebisbe, i la que queda l’endemà de la vostra
presa de possessió a Barcelona.
Tothom comprendrà que l’enumeració
d’aquestes fites no s’ha de convertir en un examen de set anys
de govern, que com tota acció humana pot tenir les seves
limitacions i errades. Tampoc s’ha de convertir en un culte a la
personalitat, que mai no hauria d’existir en l’Església.
Moltes
vegades us he dit, com va dir Eulogi, diaca
de Fructuós, en el judici abans del martiri: "Jo no adoro
Fructuós, sinó el mateix que Fructuós adora."
Senyor Arquebisbe, tingueu la certesa
que aquesta Església venerable, pobra però no mesquina,
sap ser senyora, sense oripells, com és austerament senyora
aquesta Catedral. I a qui ha dedicat set preciosos anys de la
seva vida a servir-la dia a dia amb tant d’esforç i amb
tant de treball, l’acomiada tant bé com sap i reconeixent-li
el bé que ha fet. Els arquebisbes passen i l’arxidiòcesi
continua. Ens hi mantindrem fidels.
Senyor Arquebisbe, moltes gràcies, i
que l’únic Bon Pastor ens ajudi a tots, allà
i aquí. Moltes gràcies!
Mn. Miquel Barbarà,
vicari general de l’Arquebisbat de Tarragona
Tarragona, 11 de juliol de 2004
Full parroquial
Edita: Arquebisbat de Tarragona
Director: Didac
Bertran
Redacció i administració: Pla
de Palau, 2 - 43003 Tarragona
Telèfon: 977 233 412 Fax: 977 251 847
a/e: mcs@arquebisbattarragona.org
Carta Pastoral con motivo del IV Centenario
del Patronazgo de San Eufrasio
Mis queridos hermanos y hermanas en el
Señor:
1. Atravesamos años muy ricos en celebraciones.
Desde que se inició el trienio preparatorio para el Año
Jubilar de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo
hasta ahora, casi no hemos dejado de celebrar acontecimientos que
señalan hitos importantes en la historia de nuestra Iglesia
particular. Recuerdo como principales, entre otros, el setecientos
cincuenta aniversario de la constitución de la Diócesis
con sede episcopal en Jaén, el cuatrocientos aniversario del
inicio de la construcción de nuestra preciosa Catedral, primer
templo de la Diócesis, y el centenario del inicio del Seminario
Diocesano. Además de ello, en el ámbito de la Iglesia
universal, hemos atendido otros importantes aniversarios vinculados
a la celebración del Concilio Vaticano II. El Papa Juan Pablo
II nos los ha recordado ofreciéndonos documentos de especial
interés. Durante este mismo curso pastoral 2003-2004 celebramos
el ciento cincuenta aniversario de la declaración dogmática
de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.
Como una entrañable preparación mariana y engarzada en
el alma cristiana popular, concluimos hace escasos meses el Año
del Rosario, dedicado a María por el Papa Juan Pablo II.
2. Todo ello nos hace pensar fundadamente que
el Señor, infinitamente bueno y providente, conocedor de
las dificultades con que nos encontramos en los tiempos que corren,
quiere ofrecernos motivos de renovación personal y eclesial,
y ocasiones de estímulo para mantener y cultivar nuestra
identidad cristiana en la Comunión eclesial y en el ejercicio
de la Nueva Evangelización.
El Señor nos ha elegido mediante la vocación
propia de cada uno; nos ha mostrado su confianza enviándonos
a colaborar en la misión de toda la Iglesia como miembros
vivos del Cuerpo Místico de Jesucristo. Con la gracia del
Espíritu Santo suscita en nosotros los buenos deseos de
permanecer fieles a Dios. Esta es la forma como el Señor obra
en cada uno todo lo necesario para que nuestra libertad pueda asumir
la propia e intransferible responsabilidad ante Dios.
Pero, como el Señor nos atiende con tan
exquisito cuidado, no deja además de ofrecernos puntualmente
gracias especiales. Con ellas nos ayuda a vencer cualquier tipo
de cansancio, rutina, tibieza, desánimo u olvido de nuestra
vocación a la vida y de nuestra privilegiada condición
de hijos adoptivos de Dios, colaboradores suyos en la evangelización
y herederos de su gloria.
3. Por tanto, cada uno de los acontecimientos,
que merecen especial consideración por su relieve y significación
eclesial diocesana y universal, deben ser entendidos y acogidos
por nosotros como gracias especiales. Mediante estas gracias, el
Señor nos recuerda la vocación universal a la santidad,
y nos ayuda a mantener la coherencia evangélica, la constancia
en la fidelidad, la esperanza firme en la plenitud gloriosa y el anhelo
confiado de la salvación eterna.
4. Teniendo en cuenta lo que os vengo diciendo,
quiero recordaros con esta carta otra celebración especialmente
entrañable para quienes integramos la Comunidad eclesial
que peregrina por tierras de Jaén. El motivo de la misma
celebración es un acontecimiento que atrae los ojos de la
memoria hacia nuestros más genuinos orígenes cristianos.
Celebramos el cuatrocientos aniversario del patronazgo de S. Eufrasio sobre la
diócesis de Jaén. Fue el Obispo Sancho Dávila
y Toledo quien pidió al Papa Clemente VIII que declarara
a este varón apostólico Patrón de nuestra Iglesia
particular. Así lo concedió Su Santidad en el año
1603. Con este motivo situó la fiesta litúrgica de
S. Eufrasio en el día 15 de Mayo. Dado que en el año
2003, en que se cumplía rigurosamente el cuarto centenario,
la atención diocesana estaba puesta de modo casi absorbente
en los actos propios de la celebración del Rosario, pensamos que
era más correcto pastoralmente desplazar los actos propios de
esta conmemoración al año siguiente dentro de la unidad
pastoral del curso 2003-2004.
Una venerable tradición, muy bien acogida
por los cristianos que han ido ocupando los territorios ahora
enmarcados en los límites diocesanos de Jaén, nos
transmite la creencia de que los siete varones apostólicos,
discípulos de Santiago, enviados a evangelizar Hispania, iniciaron
su misión en tierras de Andalucía. Esa misma tradición
atribuye a S. Eufrasio la
fundación de la primera Comunidad cristiana, posiblemente
en Iliturgi, desde donde se fue extendiendo sucesivamente la luz evangélica
a diversos territorios que integran en la actualidad el área
diocesana giennense.
La alegría de haber sido bendecidos por
el Señor con el don de la predicación cristiana
desde los primerísimos tiempos de la Iglesia, y el hecho
de que la fe en el Señor Jesús no desapareciera ni
durante los duros tiempos de la ocupación y de la persecución
árabe se constituye en un motivo de gloria y de agradecimiento
al Señor, para quienes formamos parte de la Diócesis de
Jaén.
5. Como signo de gratitud al Señor, que
nos ha privilegiado sembrando la fe en el Dios vivo y verdadero
desde los primeros tiempos de la Iglesia mediante la predicación
de S. Eufrasio, debemos hacer memoria gozosa de nuestras raíces
y manifestar nuestro ánimo de seguir correspondiendo a la
magnanimidad divina. El Señor ha obrado maravillas entre nosotros
y estamos alegres (cf. Sal 126, 2-3). La Gracia de Dios ha sido fecunda
entre los miembros de nuestra Iglesia desde su origen. Hoy podemos ofrecer
por ello al Señor frutos maduros de santidad en S. Amador, en los
santos Bonoso y Maximiano, en S. Pedro Pascual, en S. Pedro Poveda y
en tantos otros cuyas virtudes o cuyo martirio todavía no han sido
proclamadas por la Iglesia. Todos ellos entregaron su vida como oblación
generosa al Señor mediante el martirio.
Las abundantes vocaciones a la vida consagrada
y al ministerio sacerdotal, con dedicación en la propia
diócesis y en distintos y lejanos lugares de misión
y de colaboración eclesial, nos hablan también de
frutos evangélicos que debemos agradecer al Señor. La
arraigada fe y devoción que reúne a los giennenses constantemente
junto a la imagen de la Santísima Virgen con tanta riqueza
de advocaciones constituye, también, un signo claro de que
la acción iniciada por S. Eufrasio y
seguida por tantos apóstoles sacerdotes, religiosos, religiosas,
seglares consagrados y buenos padres de familia, ha sido bendecida
por el Espíritu Santo a lo largo de los tiempos. Es lógico,
por tanto, que, aprovechando un aniversario tan importante, de quien
fue el primer obispo de Jaén, celebremos la bondad de Dios
que «ha estado grande con nosotros» (Salmo 126, 3).
6. La mejor forma de celebrar y agradecer la
bondad de Dios para con nosotros consiste en renovar nuestra vida
cristiana. Ayudar a ello es lo que pretendemos con los medios
que hemos puesto recientemente al servicio de la Diócesis
y que han sido acogidos con buen aprovechamiento por parte de muchos
fieles. Entre estos medios es bueno recordar las Escuelas Arciprestales
de Formación, la Reflexión Diocesana que está
siendo realizada por numerosos grupos parroquiales y extra-parroquiales,
las Misiones Populares que se han ido llevando a cabo en muchos pueblos
y en parroquias de diversas ciudades, la renovación catequética
lanzada como proyecto ambicioso y generalizado que, en el ámbito
de la juventud, se ofrece como itinerario de iniciación cristiana
con motivo de la Confirmación, la orientación cofrade
apoyada por abundantes medios impresos y por distintas acciones pastorales,
etc.
Es importante y necesario que, al celebrar
con algún acto especialísimo el patronazgo de S. Eufrasio en el cuatrocientos aniversario
de su declaración, la memoria
de nuestras raíces cristianas nos mueva a
reafirmar nuestra fe, nos afiance en el compromiso de cultivarla
con un profundo sentido de responsabilidad agradecida ante el Señor
y nos fortalezca en el compromiso apostólico a favor de
nuestros hermanos. Quienes nos precedieron como testigos valerosos
de la fe recibida llegaron a dar su vida en el martirio por defender
el Nombre de Jesús nuestro Salvador. Nosotros, igualmente beneficiarios
de la palabra y de la gracia divina, debemos responder con generosidad
a la vocación recibida y decidirnos a ser miembros dúctiles
en las manos del Señor para la evangelización del
mundo en el que vivimos.
Siguiendo la llamada del Papa Juan Pablo II,
no debemos dejar que el miedo nos arredre. Por el contrario,
debemos abrir de par en par el corazón a Jesucristo, porque
seguir el camino de salvación que Él mismo nos traza
y nos invita a recorrer guiados por su luz inextinguible, bien vale
una vida.
La celebración del patronazgo de S. Eufrasio ha de centrarse en un renovado
interés por hacer que fructifique entre nosotros hoy la
fe que él sembró entonces en nuestro pueblo.
7. No obstante, es bueno significar puntualmente
y de forma destacada en unos actos concretos todo aquello que
intentamos como conmemoración más amplia y continuada.
Por ello celebraremos con solemnidad la fiesta litúrgica
de S. Eufrasio el Sábado
15 de Mayo próximo. El hecho de que coincida en este
día de la semana hace posible que muchos sacerdotes y fieles
puedan unirse a la Santa Misa que, si Dios quiere, yo presidiré
en la Catedral. Gozaría mucho en poder celebrarla con el mayor
número posible de sacerdotes y con una buena asistencia de fieles
religiosos y seglares de los distintos lugares de la Diócesis.
Por ello invito encarecidamente a todos los
sacerdotes diocesanos, a todos los religiosos y religiosas,
a todos los seminaristas y seglares, a que, en el día
y la hora señalados, se hagan presentes en el templo catedralicio,
signo de la primera sede episcopal ocupada por S. Eufrasio en los orígenes
de nuestra Iglesia particular.
Como se trata de realizar un homenaje al que
la piadosa tradición considera el primer obispo de la
sede giennense, sería muy adecuado que los señores
Arciprestes en contacto con los hermanos sacerdotes, religiosos
y seglares de sus respectivas demarcaciones, procuraran una digna
representación de los distintos sectores de la Diócesis
y de las Congregaciones e Institutos religiosos allí presentes.
De un modo especial tiene su lugar en este acto de culto el arciprestazgo
de Andújar cuya ciudad le tiene como Patrón y en la que
destaca la Cofradía que lleva su nombre.
8. Además de alguna otra actividad,
que oportunamente se comunicará, comenzaremos las celebraciones
litúrgicas de la festividad de S.
Eufrasio con el canto de las Primeras Vísperas
Solemnes en la tarde del Viernes, día 14 de Mayo. A este
acto invitamos de un modo especial a los fieles de la ciudad de Jaén
por la proximidad al Templo Catedralicio.
Os agradezco a todos, ya de antemano, el interés
que confío pondréis para celebrar juntos en la
Catedral estos actos conmemorativos con los que deseamos dar gracias
al Señor «por todo el bien que nos ha hecho» (Sal
116, 12).
A quienes resulte muy difícil acudir a
Jaén para unirse a la Celebración solemne de la
Santa Misa el día 15 de Mayo, encarezco hagan lo posible
por celebrar la Santa Misa en sus respectivas parroquias y monasterios,
en un momento adecuado, para unirse a nosotros espiritualmente en Comunión
con la Iglesia Diocesana.
Que el Señor os bendiga y os ayude a esta
renovación personal y eclesial tan importante y urgente
en nuestro tiempo y en nuestra Diócesis.
@ Santiago García Aracil. Obispo de Jaén
Homilía
en la fiesta de San Segundo
2 de mayo de 2005. S.A.I. Catedral
de El Salvador
Ilmo. Sr. Deán y Cabildo Catedralicio, queridos sacerdotes;
Ilmo. Sr. Alcalde y Autoridades civiles, militares, académicas
y judiciales; queridos hermanos y hermanas abulenses:
Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Poco antes de desaparecer de este mundo, Jesucristo ordena a sus discípulos
que lleven el Evangelio a todos los pueblos.
El mandato misionero de Jesús llegó al corazón de
los apóstoles y pronto se pusieron manos a la obra. Las primeras
salidas fueron a lugares cercanos a Jerusalén: los que se habían
dispersado iban por todas partes (Hch 8,4) señala el libro de
los Hechos. La dispersión se debía a las primeras persecuciones
surgidas en Jerusalén; pero fueron la oportunidad para llevar a efecto
el mandato esencial de Jesucristo: anunciar el Evangelio hasta el fin del
mundo. Felipe predicó en Samaria, Pedro viajó a muchos lugares:
anduvo recorriendo todos los lugares (Hch 9, 32 ): predicó
en Lida, Joppe, Cesarea. Y más tarde en Roma, capital del Imperio.
El Apóstol gran realizador de los viajes misioneros fué
San Pablo que fundó comunidades cristianas en todo el Mediterráneo.
Las principales ciudades del imperio romano en la costa norte mediterránea
fueron visitadas por Pablo; por medio de su predicación, nacieron
en ellas las primeras comunidades cristianas. Estando en la comunidad de
Antioquía surgió la iniciativa de Pablo de partir hacia los
gentiles con su compañero Bernabé. El Espíritu inspiró
a Pablo la necesidad de abrirse a los paganos, dejando a los judíos:
Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios;
- dice a los judíos de Antioquía- pero ya que la rechazáis...
mirad que nos volvemos a los gentiles, pues así nos lo ordenó
el Señor: “te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves
la salvación hasta el fin de la tierra".
La urgencia del evangelio que Pablo escuchó en Damasco del catequista
Ananías le llevó a la proclamación universal de la fe,
según el propio Jesús había encomendado a los discípulos:
id y haced discípulos en todos los pueblos, bautizándolos
en el nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt 28, 18). Por
medio de cuatro largos y penosos viajes recorrió Pablo el Asia Menor,
pasó a Macedonia, dedicando especial tiempo a la comunidad de Efeso,
se adentró en Grecia y llegó más tarde encarcelado
a Roma. A los romanos expresó su deseo de viajar a Occidente, concretamente
a España: Ahora, no teniendo ya campo de acción en estas
regiones, y deseando vivamente desde hace muchos años ir donde vosotros,
cuando me dirija a España... pues espero veros al pasar, y ser encaminado
por vosotros hacia allá (Rm 15, 23). A pesar de estar prisionero
en Roma, prosiguió su evangelización y padeció el martirio en tiempo de Nerón,
hacia el año 64. También Pedro llegó a Roma, atraído
sin duda por la importancia de la ciudad como capital del imperio romano.
La comunidad cristiana de Roma tuvo siempre una clara conciencia de haber
sido fundada por Pedro. Las excavaciones practicadas en la
Basílica de San Pedro confirman los datos históricos y la
misión conjunta de los apóstoles Pedro y Pablo en dicha ciudad
de Roma. Hace tan sólo unos días el nuevo Papa Benedicto XVI
ha confesado su fe ante la tumba de San Pedro, como primer acto de su pontificado,
y los obispos lo hacemos en la visita ad limina.
Por la predicación de los santos apóstoles la fe cristiana
había llegado a los habitantes de la cuenca del Mediterráneo.
Ya en el siglo II San Ireneo de Lyón, hacia el 202, menciona las
Iglesias en España, entre los celtas, en Oriente, en Egipto y
Libia y en las provincias germánicas (Ad Haer I, 10,2).
Clemente de Alejandría, (+ antes del 215) pudo decir que la
doctrina de nuestro Maestro no permaneció sólo en Judea, como
la filosofía en Grecia, sino que se propagó por toda
la tierra habitada (Strom VI, 18, 167).
La llegada de la fe cristiana a España se conoce por antiguos
documentos, huellas arqueológicas y antiguas tradiciones sobre los
orígenes del cristianismo: algunas de las cuales hemos admirado en
nuestra reciente exposición Testigos. Las más importantes
de estas tradiciones son la predicación de Santiago, el viaje
a España de San Pablo y los siete varones apostólicos.
¿Quiénes fueron estos varones apostólicos?
Varios manuscritos del S. X, cuyos textos fueron redactados ya, probablemente,
en el S. VIII, han conservado las actas o vidas de estos siete varones.
Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecelio y Hesiginio
fueron ordenados en Roma por los santos apóstoles Pedro y Pablo
y se dirigieron a España para predicar la fe católica.
Conducidos por Dios, llegaron a Acci (Guadix), donde se celebraban las
fiestas de Júpiter, Mercurio y Juno. Reconocidos los varones cristianos,
arremetieron sus moradores contra ellos, persiguiéndolos
hasta el río, donde los perseguidores perecieron en gran
número, al romperse milagrosamente el
puente. A una matrona de nombre Luparia le confiesan que han sido enviados
por los santos apóstoles para predicar el Reino de Dios y el Evangelio
en España. Luparia construye una basílica, en cuyo baptisterio
es bautizada, y los varones se distribuyen por toda la región, convirtiendo
paganos al cristianismo. De los siete varones, Segundo marchó
a Abula –dicen los manuscritos-.
¿Qué datos tenemos de los orígenes de la fe cristiana
en nuestra Iglesia de Ávila? La fundación de nuestra comunidad
cristiana en Ávila por parte de San Segundo proviene de historias
locales. La primera referencia data del año 1327, cuando un
chantre pide ser sepultado “entre el altar de San Blas y el de San Segundo”,
y en el año 1481 se manda guardar en el mes de mayo la fiesta de San
Segundo en la Diócesis : Son las dos primeras referencias históricas
del Obispo San Segundo.
Este relato histórico del nacimiento y transmisión de nuestra
fe cristiana nos lleva a remontarnos hasta los orígenes mismos de
la predicación apostólica, de la que toda la fe cristiana procede:
Fueron los apóstoles Pedro y Pablo quienes anunciaron valientemente,
con parresía, a Jesucristo resucitado, bautizaron a judíos
y gentiles y fundaron comunidades que profesaban su fe en Jesucristo, su esperanza
en la vida eterna y su amor radical como manifestación del amor del
mismo Dios a los hombres. El amor fué el distintivo de la primera
comunidad.
La predicación apostólica se fundamenta y comunica al Hijo
de Dios, que toma la carne humana, se hace uno con el hombre y le ofrece
salir de sus miserias, elevándole a la categoría de Hijo de
Dios, de cuya naturaleza participa por adopción. He aquí la
dignidad del ser humano: La gloria de Dios es el
hombre viviente proclama San Ireneo (Adv Haer IV, 20,7).
Esta es nuestra grandeza, la grandeza de la fe cristiana que nos fué
transmitida desde los comienzos de la vida de la Iglesia y ha crecido entre
nosotros con tal fuerza que de aquí han nacido grandes confesores
y mártires: Vicente, Sabina y Cristeta, Pedro Bautista, y otros 27
sacerdotes más cercanos a nosotros. Así como los grandes místicos
Teresa, Juan de la Cruz y Pedro de Alcántara.
Sin embargo, la grandeza de la historia de la Diócesis de Ávila
no radica en sus grandes personalidades, sino en la presencia continua de
Dios entre nosotros y nuestra fe en Aquel que todo lo puede y de quien todo
lo esperamos. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos
por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar
a los otros la amistad con Él –decía el Papa en su primera
homilía-.
La fe cristiana ha sido transmitida durante los siglos en nuestra sociedad
abulense por la Iglesia misma que se hace presente en la historia, se manifiesta
mediante la palabra, la liturgia, la caridad; y por las principales instituciones
que han colaborado en la transmisión de esta fe que se ha hecho
cultura: la familia, la escuela y la sociedad. Durante siglos estas instituciones
han sido portadoras de elementos esenciales de la fe cristiana que han dado
vida, identidad a nuestra sociedad. Pero ahora –en líneas generales-
tales instituciones han dejado de ser transmisores de la fe. Hemos de hacer
un examen de conciencia serio sobre la situación de estas instituciones
en relación con la transmisión de la fe. Cada uno de nosotros
recibimos los sacramentos de la iniciación cristiana y con ellos
la misión y la responsabilidad de transmitir la fe que nos fué
legada desde los Apóstoles Pedro y Pablo por la sucesión de
obispos hasta el momento presente. ¿Nuestras familias, nuestros colegios,
nuestra sociedad abulense transmite la fe cristiana a nuestros hijos?
Es muy importante el valor artístico que posee cada piedra de
las que componen esta maravillosa Catedral y cuantos tesoros forman el Patrimonio
histórico-artístico de la Diócesis de Ávila.
Lo sabemos y debatimos con frecuencia. Pero mucho más bello e importante
es el fundamento que sostiene dicho Patrimonio: la fe de la Iglesia transmitida
generación a generación de cristianos; y el espíritu
que anima dicho patrimonio no es otro que el Espíritu de Dios encarnado
en las vidas de los fieles cristianos abulenses. Nuestro reto, está
en la calidad de nuestra fe y de la transmisión de la misma a las
generaciones venideras.
Por eso se hace más difícil comprender y es mucho más
dolorosa la pérdida de la fe que se observa entre nosotros. El lento
alejamiento de la práctica religiosa de importantes sectores de nuestra
sociedad. Tememos que una parte de nuestra sociedad camina hacia el desierto.
Lo decía el Papa en la Misa de inicio de su Pontificado: Hay muchas
formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre, el
desierto del abandono y de la soledad, del amor quebrantado. Existe también
el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que
ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre, los desiertos
exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos
interiores.
¿No os parece, queridos amigos y hermanos abulenses, un inmenso
desierto la nueva ley, todavía en proceso de discusión, que
desfigura la institución del matrimonio en algo sustancial como
en su constitución por un hombre y una mujer según el
derecho natural y la cultura de todos los tiempos y latitudes? Sería
una ley injusta y perjudicial para el bien común. Es evidente que,
en cuanto personas, los homosexuales tienen en la sociedad los mismos derechos
que cualquier ciudadano y han de ser respetados y acogidos por todos nosotros.
Pero es obvio y natural que el matrimonio sólo puede ser contraído
por una mujer y un varón, y el Estado no puede reconocer un derecho
inexistente, a no ser actuando arbitrariamente. Las razones que
avalan estas proposiciones son de orden antropológico, social y jurídico
–ha dicho la CEE (c. Ejecutivo), las Iglesias cristianas y confesiones religiosas
(comunicado); y han ratificado de un modo u otro el Consejo de Estado, el
Consejo General del Poder Judicial, la Real Academia de Jurisprudencia y
Legislación (Informes) y 500.000 firmas de ciudadanos-.
El Cardenal Presidente del Pontificio Consejo para la Familia ha declarado
que sería una ley inhumana, fruto de una extraña idea de
la modernidad, aconsejando incluso la objeción de conciencia
a los profesionales relacionados con la aplicación de la ley. La aprobación
de esta ley podría ser la provocación más importante
que ha sufrido no sólo la fe cristiana sino también la sociedad
y la cultura de todos los tiempos. San Segundo no podrá bendecir
la primera unión entre personas del mismo sexo en nuestro Ayuntamiento,
si esta llega a darse.
Sin embargo, a pesar de todo, ¡ la Iglesia está viva!
Esta ha sido la aclamación del nuevo Papa al observar la maravillosa
e increíble experiencia universal de los católicos en la despedida
de Juan Pablo II, y la bienvenida a Benedicto XVI, en especial de los jóvenes.
¡ La Iglesia está viva y la Iglesia es joven! No podemos vivir
alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar
de oscuridad sin luz - nos ha dicho el Pontífice-.
La historia de nuestra Iglesia de Ávila nos dice que infinitas
personas desde hace siglos, y cada uno de nosotros ahora personalmente, hemos
sido alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. Nada hay más
bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él. He
aquí nuestra grandeza y tesoro: nuestra fe.
La fiesta de San Segundo es un día propicio para dejar entrar
a Cristo plenamente dentro de nosotros. Para renovar nuestra fidelidad
y compromiso con el precioso don de la fe en Jesucristo que nos trajo San
Segundo. Jesucristo nada puede quitarnos, por el contrario, hace nuestra
vida más bella. Quien deja entrar a Jesucristo no pierde nada, nada
absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande –ha
asegurado el Santo Padre-.
Lo pediremos a Dios al final de esta Misa: Cólmanos de alegría,
Señor, en la fiesta de tu obispo y mártir San Segundo: en ella
veneramos a quien ha puesto fundamento a nuestra fe. Así sea.
Jesús García Burillo,
Obispo de Avila
Festividad de San
Segundo
3 de
mayo. Iglesia de San Ignacio
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Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la Tierra (Hch 1,8). Con estas palabras se despide Jesús de los Doce y los envía para que sean testigos suyos por toda la redondez de la tierra. Están en Jerusalén, han vivido juntos durante largo tiempo y han compartido importantes acontecimientos: la vida pública, los días de la pasión, muerte y el tiempo en que Jesús se les ha mostrado con el cuerpo glorioso. A partir de ahora la relación entre ellos no será la misma. Pasarán de una relación humana, basada en los sentidos, a otro tipo de relación fundada en el Espíritu y en la Gracia. Los Apóstoles están viviendo esta experiencia final y se disponen a vivir de otro modo, y a llevar a cabo la misión que Jesús les encomienda: Ser testigos por todos los lugares de la tierra empezando por Jerusalén. Os saludo a todos, queridos amigos abulenses, Ilmo. Sr. Deán, Cabildo y Sacerdotes concelebrantes, Ilmo. Sr. Alcalde y autoridades civiles, militares, académicas y judiciales. Celebramos la fiesta de San Segundo en unas circunstancias especiales dado que hemos trasladado la fecha de la celebración al lunes, respetando la celebración del IV Domingo de Pascua, y porque hoy mismo; va a tener lugar la inauguración de la Exposición de Las Edades del Hombre en Ávila. La fiesta de San Segundo, por consiguiente, tiene lugar el mismo día de la apertura de la Exposición: Testigos. San Segundo está hondamente ligado este año al concepto de Testigo. Más aún podemos decir que San Segundo ha sido el primer testigo de Jesucristo en los campos de Ávila. Es así como va aparecer para todo visitante de la Exposición. Una vez que haya contemplado cómo los símbolos de Pentecostés, el fuego, el aire y el agua se transforman en los testigos humanos vivientes, el visitante se tropezará, en primer término, con San Segundo. La imagen del Santo varón Apostólico será el primer testimonio de fe abulense que contemplaremos en nuestra visita. Con él empezó la historia de la Iglesia en Ávila. El ha sido el primer testigo de la fe en Jesucristo, que nos ha transmitido a los abulenses el fuego del Espíritu, el soplo de la vida, el agua de la regeneración. Por él empieza la fe cristiana en Ávila, la salvación del Señor, la vida en el amor, la esperanza en una vida nueva y definitiva. Su presencia histórica en Ávila hubo de corresponder a la difusión de la religión cristiana por todo el Imperio Romano por medio de los varones Apostólicos. Éste fue el ámbito de expansión y el cauce por el que la Iglesia alcanzó la evangelización, vocación universal a la que había sido llamada para ser testigo del Señor. ¿Cómo
llegó San Segundo a ser testigo del Señor? Este es el testimonio que San Segundo nos ofreció hace XIX siglos y el que nos ofrece hoy, el día de su fiesta: ¡Os lo anunciamos!. Por la transmisión de la fe que recibieron los mismos Apóstoles dan fe de lo que vieron y oyeron, de lo que contemplaron, de lo que tocaron sus manos. Con San Segundo comienza la cadena de transmisión de la fe en Ávila. En la Exposición, veremos, inmediatamente después de él, las imágenes de otros nuevos testigos, los que conocemos a continuación en el tiempo, comenzando en el siglo IV de nuestra historia, los hermanos mártires Vicente, Sabina y Cristeta. La palabra mártir, como sabéis, significa precisamente testigo. El mártir es un testigo que hace una declaración muy especial. Declara lo que dice entregando su propia vida, derramando su sangre, como la derramó Jesús, el primero de los Testigos, el único que ha visto al Padre, por eso habla de lo que sabe y da testimonio de lo que ha visto al Padre (Jn 3,11). Jesús no habla de sus propios conocimientos, sino de lo que ha visto y oído junto al Padre. No creer a Jesús equivale a rechazar al Padre. Él ha sido el Testigo fiel (Ap 1,5) que dio a conocer al Padre coronando su testimonio con el sacrificio de su vida: para esto he venido al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Jesús como Testigo y propio testimonio de vida constituye el ser y la base de todo Testimonio cristiano. Una de la características del testimonio de los Apóstoles fue la osadía, el atrevimiento, el coraje con que hablaban de Jesucristo. Su predicación encendía los corazones de los oyentes, les invitaba a la conversión: Arrepentíos, bautizaos confesando que Jesús es Mesías para que se os perdonen los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para todos los extranjeros que llame el Señor Dios nuestro. Les urgía además con otras muchas razones y los exhortaba diciendo: poneos a salvo de esta generación depravada (Hch 2,38-40). Los Apóstoles conseguían su objetivo; con su palabra y testimonio que expresaba una gran autoridad, el Señor iba agregando a la comunidad a aquellos que habían de salvarse. En aquel día se les agregaron unos tres mil (2,41). Podemos imaginarnos a San Segundo predicando la palabra y haciendo maravillas como Pedro y Juan. Tanto que las autoridades de Jerusalén veían en ellos un verdadero desafío: ¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Es evidente para todos que han realizado una señal extraordinaria (4,16). La Exposición nos muestra las huellas de esta predicación y del testimonio de los primeros mártires. Allí podremos ver en cuatro capítulos los efectos de la predicación de San Segundo: el fuego del Espíritu, con el nacimiento y la expansión misionera de la Iglesia en Ávila; la intrepidez de la Palabra: contemplando los escritos que se hicieron como consecuencia de la transmisión: biblias, evangelios, comentarios, doctores de la Iglesia y santos predicadores; la osadía del amor, entrando en comunicación con los santos que destacaron por sus obras de caridad y con los mismos milagros de Cristo; y finalmente el gozo de la celebración, con todos aquellos elementos celebrativos: ornamentos litúrgicos, orfebrería que nos permiten acercarnos al misterio que en la Iglesia celebramos. También el quinto y el sexto capítulo de la Exposición han de considerarse como la expansión de la fe, traída a Ávila por San Segundo: la intrépida fe de Isabel la Católica y la cumbre de la experiencia cristiana encarnada en Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Pedro de Alcántara, la osadía del gran misionero y mártir Pedro Bautista.... son los exponentes, las huellas, los testimonios de personas que conectan con nosotros los presentes testigos de Jesucristo Resucitado. San Juan en el texto de su carta que hemos recordado nos decía: esto os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Este es el punto de conexión entre San Segundo y nosotros hoy: él nos lleva a la comunión con Jesucristo. La serie de testimonios que hemos vivido a lo largo y ancho de la historia de la Iglesia de Ávila enlazan nuestra vida con la vida de Cristo y la del Padre. Ellos dieron testimonio en su vida de la misión que Jesucristo les encomendaba. San Segundo hoy, su sucesor el actual Obispo de Ávila hoy nos entrega el testigo a nosotros, la antorcha de la luz, el espíritu de la vida: ¿qué vas a hacer tú, cristiano abulense del S. XXI? ¿cómo vas a ser testigo de Jesucristo en un medio de una cultura hostil, pagana, con frecuencia agresivamente contraria al testimonio de la fe recibida desde San Segundo? Ese es el desafío que tenemos planteado los cristianos, la propuesta que también nos va a hacer la Exposición. El video llamado Túnel de los Testigos. Tratará de conectar directamente el testimonio de San Segundo y de todos los testigos de Ávila con nuestro propio testimonio. Sin olvidar, naturalmente que nosotros hemos de ser transmisores del testigo. Nosotros esta mañana tenemos un medio más directo e inmediato que el túnel. Es Jesucristo mismo presente en nosotros por la Palabra y el Sacramento. La Eucaristía nos pone en comunión con Jesucristo, Testigo del Padre. En él se funda toda nuestra vida cristiana, todo nuestro testimonio apostólico. Que Santa María
Madre de todos los testigos de la Iglesia nos acompañe
hoy como el día de Pentecostés, nos ayude y
nos dé la energía necesaria para manifestar y
transferir con osadía la fe que nos ha sido transmitida.
Amén. |
El Cristo Resucitado
de Villoldo 19/10/2004
Queridos hermanos y amigos:
Quienes leéis o escucháis esta
carta habéis visitado sin duda las
Edades del Hombre
en nuestra Catedral de Ávila. ¡Qué
maravilla! Esta es la expresión que con
mayor frecuencia yo he oído después de la visita:
Qué maravilla: las imágenes, la disposición,
la luz, la catedral y el mensaje. El mensaje es lo más claro
de todo: “testigos”.
En la Catedral aparecen centenares de testigos:
San Segundo, San Vicente y sus hermanas, Santa María
Magdalena, Pedro Berruguete, Isabel la Católica, Santa
Teresa, San Juan de la Cruz, San Pedro de Alcántara,
San Pedro Bautista…¡innumerables! Testigos en buena parte
abulenses. ¿Testigos de quién, testigos de qué?
¡Testigos del Resucitado!
El Resucitado de Isidro de Villoldo (1550) es
la primera imagen de la Exposición, resplandeciente,
en madera lacada. Testigos del Resucitado son todos los que aparecen
a continuación en la muestra. Testigos en la
predicación, testigos en la oración,
testigos en el amor comprometido, en el compartir fraterno, testigos algunos hasta el derramamiento de su sangre.
Lo fueron muchos en tiempos adversos, tiempos recios,
como los de la Santa, tiempos de persecución como los de
San Vicente, tiempos de adversidades culturales como la primera
generación de cristianos y los místicos,
tiempos adversos en la política, como los de Isabel la
Católica. Todos ellos fueron testigos del Resucitado,
tan bellamente expresado aquí. Al final de la Exposición,
como bien sabemos, se nos invita a sumarnos a la galería
de Testigos contemplados: ¡usted también puede
ser testigo!
Durante el tiempo de esta Exposición
hemos vivido una especie de violento terremoto cultural, en
lo que afecta a las costumbres del pueblo español. Empezamos
a oír hablar de un Estado laico. No sabíamos exactamente
qué habría detrás de esta expresión.
Simultáneamente y poco después empezaron a aparecer
casi en forma de catarata desbordante noticias
de proyectos, propuestas que salían de algunos miembros o de la misma mesa del gobierno
de la nación: leyes progresistas, laicas y modernas,
se las llamó. La primera decisión fué un
decreto paralizando la Ley de Calidad de la Enseñanza, que más
tarde se concretó en la presentación de las bases
de reforma educativa en la que se anuncia una nueva asignatura obligatoria:
Educación para la ciudadanía
y una asignatura laica sobre el hecho
religioso que equivaldría a una religión
del Estado o “formación del espíritu nacional”,
como algunos la han llamado.
Ha sido presentada ya por el ministerio de Justicia
la Ley del matrimonio
entre personas
del
mismo
sexo. Se ha anunciado una ley sobre el divorcio exprés,
sobre la eutanasia, sobre la ampliación del aborto, sobre
la investigación con embriones. De una forma más directa,
en relación a la Iglesia, se ha hablado de la posible revisión
de los acuerdos Iglesia/ Estado,
o incluso de una hoja de ruta para llegar a la anulación
de los llamados privilegios de la Iglesia. No es fácil encontrar
en la historia, en tan corto espacio de tiempo, tantos cambios
que afectan a la moralidad que un pueblo ha mantenido como inapreciable
valor durante siglos, a no ser en momentos de golpes de Estado.
¿Cómo vamos a reaccionar? ¿Qué
vamos a hacer los testigos del Resucitado en esta situación
en la que un gobierno promueve un estado laicista, agresivo contra
la manera de pensar de una gran parte del pueblo español?
¿Qué hará el 82 % de padres de alumnos de primaria
que el año pasado solicitaron la enseñanza de Religión
Católica para sus hijos? ¿Qué harán las
familias cristianas, profesores, periodistas, los movimientos apostólicos
familiares, las gentes de buen sentido ante el anuncio de una ley
que declara “matrimonio” con todos sus derechos a la unión
de dos personas del mismo sexo? ¿O ante una ley que prevé
la disolución del matrimonio sin los procesos más elementales?
¿Qué podrán hacer los médicos y científicos
católicos, los juristas y abogados, los políticos creyentes
de diversos partidos, con la conciencia clara sobre el derecho a la
vida ante la previsible Ley sobre la eutanasia o ampliación del
aborto? ¿Qué harán los católicos ante un
acoso tan directo a los sentimientos de un pueblo que hunde sus raíces
en la persona de Jesucristo a quien tan bellamente hemos contemplado en
la imagen de Isidro de Villoldo?
El Papa hace un año escribía una
carta a Europa recordándonos que a pesar de todas las dificultades
que la fe experimenta en
el presente, Cristo Resucitado está
siempre con nosotros: No temas, soy yo, el primero y el último,
el que vive; estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos
de los siglos (Ap 1, 17-18).
Después de haber visitado la exposición,
esta es la hora de los testigos. Es la hora del testimonio cristiano
para quienes han estado en Ávila en estos meses y para cuantos
sienten en su conciencia la fe en Jesucristo, en la vida de la Iglesia,
o experimentan convicciones mantenidas en el corazón de
los seres humanos desde siglos.
Con el mayor respeto y afecto hacia todos, hoy
es imprescindible
el testimonio de los creyentes y hombres de
buena voluntad.
Con mi abrazo fraterno.
Jesús
García Burillo, Obispo de Avila
[edades-es@invescon.es]
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Homilía de la misa de Santiago
2004
COMUNICACIÓN DEL
ARZOBISPO A LA DIÓCESIS DE GRANADA AL HACERSE PÚBLICO
SU
NOMBRAMIENTO COMO ARZOBISPO DE TOLEDO
1.- Mis queridos hermanos y hermanas, sacerdotes,
religiosos y religiosas fieles cristianos, autoridades: Cumplo
el deber de comunicar con sencillez a todos, a toda la Iglesia diocesana,
que el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, en su gran benignidad,
se ha dignado nombrarme Arzobispo de la Archidiócesis de Toledo.
2.- Bien sabe Dios que he aceptado esta nueva
misión en la Iglesia con plena obediencia, fidelidad y
sentido de comunión. Lo nuestro es obedecer, ponerse en
camino hacia la tierra que el Señor nos envíe por
medio de su Iglesia. Por esa misma obediencia y fe vine hace casi
seis años a Granada desde las tierras de Ávila para contribuir, a pesar
de mis limitaciones y miserias, a la edificación de la Iglesia,
cuyo arquitecto y constructor sólo puede ser Dios.
Como reza mi lema episcopal, tanto entonces como
ahora, sólo pretendo una cosa: "cumplir la voluntad del
Señor", en su Nombre "echar de nuevo las redes" donde
Él me señale por medio de su Iglesia. Me pongo
en las manos de Dios, en su misericordia que no tiene límite
para con todos - también para conmigo -, y me confío
a su inmensa bondad. Todo lo confío en Él y a Él;
todo lo espero de Él; como dice uno de los salmos: "acallo y
modero mis deseos como un niño en brazos de su madre". En el
nombre del Señor y por su palabra emprenderé el camino
hacia la diócesis de Toledo, con la que, a lo largo de la historia,
la de Granada ha tenido tantos vínculos.
3.- Con la gracia y el auxilio de Dios, de
la Santísima Virgen María, a la que invocamos los
granadinos con el dulce y entrañable título de Nuestra
Señora de las Angustias, de los santos vinculados a Granada
-San Cecilio,
San Gregorio de Elvira, San Juan de Ávila, San Juan
de Dios, San Juan de la Cruz...-, y con vuestra ayuda orante
y vuestro afecto, procuraré cumplir fielmente el ministerio
que ahora se me encomienda. Que el Señor me conceda humildad,
sabiduría, luz y fortaleza para conducir aquella Iglesia
hermana como buen pastor, conforme al corazón de Dios.
4.- El día 1 de febrero de 1997, solemnidad
litúrgica de san Cecilio,
nuestro patrono y guía, inicié el ejercicio del
ministerio pastoral entre vosotros y a vuestro servicio. Lo
emprendí, gracias a Dios, con mucha esperanza; y con mucha
esperanza he recorrido el camino estos años, con mucha esperanza
y ánimo confiado he trabajado por el Evangelio y por vosotros
hasta el final, por la inmensa bondad que Dios ha mostrado y muestra
para conmigo. Mi experiencia en estos cinco años y nueve meses
da fe de que es verdad que Cristo camina junto a nosotros, "el mismo,
ayer, hoy, y siempre"; que Él está con nosotros como Pastor
supremo y que es quien lleva a su Iglesia a la plenitud de la verdad
y de la vida.
5.- No es el momento de la despedida, pero os
confieso con franqueza mis sentimientos y mi experiencia en estos
momentos.
Siento de verdad que la bondad del Señor
nunca me ha dejado abandonado, aunque yo no le haya sido fiel en
toda ocasión y momento, y no le haya correspondido, en mi
torpeza y pecado, a su amor y su gracia. ¡Que Él, en
su amor infinito y en su entrañable ternura y misericordia,
me perdone, como sólo Él sabe hacerlo!. Os pido y espero
que también vosotros me perdonéis.
6.- Os confieso que me siento en paz, aunque,
como es normal, con un profundo dolor: dejaros a vosotros a los
que quiero como hijos, hermanos y amigos, me cuesta, me produce
un hondo dolor, como una especie de gran desgarrón en mi alma,
que sólo se consuela por el amor y la bondad de Dios, por su
gracia, y por el gran afecto que también he recibido y recibo
de vosotros, de todos los granadinos sin excepción. Experimento
ahora la misma sensación que tuve cuando hube de abandonar mi
Ávila querida: una experiencia de libertad y "gozo" -mezclado
con lágrimas- del siervo que dice: "aquí estoy para
cumplir tu voluntad". "iré donde tú me digas", "mándame".
Me encuentro tranquilo y esperanzado; con esperanza y confianza asumo
la nueva misión que me encomienda el Señor.
7.- Inseparablemente quiero expresaros a todos
con una sola palabra, la más bella sin duda del lenguaje
humano, todo lo que siente mi corazón hacia vosotros: "¡Gracias!
Gracias una y mil veces, gracias siempre. Por gracia divina, mi
vida ha estado y estará unida a las vuestras, y esto me llena
de alegría. Todo lo vuestro he deseado sentirlo como mío,
precisamente porque es vuestro. Y de verdad que, aunque torpe y frágilmente,
me he sentido uno más de vosotros: granadino con los granadinos.
He gozado. Me habéis hecho gozar. Y junto con los gozos no han
faltado sufrimientos, que vosotros me habéis hecho más
ligeros, porque el mundo es complejo y difícil; porque también
cuando se ama, se sufre; y porque lo de ser Obispo no es fácil, ni
es enseña de triunfalismo o comodidad, sino de la Cruz de Cristo.
8.- Que Dios os pague a todos cuanto, mucho,
habéis hecho conmigo: a los sacerdotes y diáconos,
a los religiosos y religiosas, de vida contemplativa o activa,
al resto de personas consagradas, a los fieles cristianos laicos,
a los que trabajan en las distintas acciones de la Iglesia, a los
seminaristas, a todas las autoridades civiles, judiciales, militares,
universitarias, a todas las fuerzas sociales y políticas,
a todos, sin excepción, singularmente a los pobres y a los últimos,
a los enfermos y a los que sufren, que sois los que lleváis
la Iglesia y la humanidad y a los que seguramente no he atendido bastante.
9. - Permitidme que os diga que no me ha movido
otra cosa, al estar con vosotros como hermano y para vosotros
como Obispo, que intentar vivir y proclamar que Dios es Dios, que
sólo El es el único necesario, que El es la fuente de
la que mana la única agua que puede saciar el corazón
insatisfecho del hombre, que en El está la raíz de
la libertad y el fundamento de la esperanza para todo hombre. Como os
decía, en la primera homilía que os dirigí en
el comienzo de mi ministerio en Granada, no he querido saber otra cosa,
ni entregaros otra cosa -al igual que Pablo o que Pedro- que a Cristo,
y a éste crucificado; mi única riqueza y mi única
palabra con la que vine a vosotros era Jesucristo, a quien no podía
silenciar, y a quien deseaba que vivieseis en vuestras vidas, en la
entraña misma de nuestra querida Granada.
Por eso ahora, de nuevo en esta comunicación,
os repito lo que tantas veces me habéis escuchado con
palabras del Papa: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid
las puertas a Cristo, abrid las puertas de par en par al Redentor!,
para que El entre en vuestras vidas, le conozcáis, le améis
y le sigáis; y así deis testimonio de que El es el
único salvador y la verdadera esperanza para los hombres. Venid
todos a El. Venid a El particularmente vosotros, los jóvenes,
que andáis ansiosos de libertad, hambreando felicidad y dicha
y encontrareis la fuente inagotable que apague vuestra sed". Permaneced
fieles a Jesucristo, presente en su Iglesia. Permaneced fieles a la
Iglesia para permanecer en Cristo; amadla. La amo entrañablemente
con todo cuanto soy.
10.- Rezad por mí y por la Iglesia hermana
de Toledo. Rezad por nuestra diócesis de Granada. Rezad
para que Dios envíe pronto un nuevo pastor conforme a su
corazón que conduzca a esta Iglesia por los caminos de la verdad,
de la santidad y de la comunión,
impulsando decididamente la nueva evangelización con las
orientaciones y directrices trazadas en el Plan Pastoral Diocesano.
Que la Virgen María os proteja a todos y os acompañe en
vuestros caminos.
Un abrazo y mi bendición para todos. (Granada, 24 de
octubre 2003, fiesta de San Antonio Mª Claret).
Víctor Corcoba
CORCOBA@telefonica.net